La coleccionista de los corazones rotos. Parte 3

Posted in Cuentos on February 7th, 2010 by admin – Be the first to comment

Alberto había planificado por varias horas la manera por la cual convencería al hombre de que lo ayudase, cuando hubo terminado, asegurándose que el hombre no pudiera negarse, se fue a acostar. Para su sorpresa, se durmió instantáneamente, había pensado que pasaría horas despierto por la excitación de estar tan cerca de la respuesta, pero no fue así.

Matías había llegado a la ciudad unas pocas horas antes de que llegasen los actores, de esa manera, tenía tiempo de sobra para buscar un lugar en dónde dormir. Él recordaba haber estado en esa ciudad con anterioridad, mucho antes de que comenzasen las obras de teatro de Edgar Allan Poe, pero no podía recordar cuándo. Caminó por las calles buscando algún hotel en el cual hospedarse y mientras caminaba pasó frente a la vieja catedral, la cual estaba abandonada desde hace muchos años, se detuvo a observarla, pues había algo familiar en ella. Al fin se dio cuenta, no era la misma, pero esa catedral le recordaba mucho a la habitada por Ailea. El recuerdo de la vez que la había visto había permanecido escondido en una parte de él, como queriendo ser olvidado. Siguió caminando, intentando volver a olvidarse de ella, de la catedral y de los cientos de corazones que guardaba allí.

A la mañana siguiente, Alberto se levantó muy temprano. Inconscientemente, sabía que tenía mucho para hacer y no podía seguir durmiendo. El desayuno no le llevo mucho tiempo, tenía cosas mas importantes que hacer, que comer tostadas y tomar café. La función comenzaría a las tres de la tarde, pero quería asegurarse de llegar antes para conocer al elenco. Quizás podría convencer al hombre de que tomase un café con él, mientras lo ayudaba con su problema. Sabía perfectamente que albergar sus esperanzas, en sólo una persona, no era lo más astuto, pero estaba desesperado. Si el hombre no tenía una solución, lo más probable era que abandonara todo intento de resolver su dilema.  Luego del desayuno, decidió pasar el tiempo buscando más información sobre los actores: sus nombres, su lugar de nacimiento y cualquier indicio que pudiese indicar cuál de ellos era quién estaba buscando. En total eran cinco los integrantes de la obra: Lucía García, Ernesto Gómez, Julián Fernández, Claudia Pereyra y Roberto Palos. De intentar adivinar quién era el hombre, tendría un treinta y tres por ciento de posibilidades de acertar, algo que era totalmente inaceptable. Por suerte su plan lograba aumentar el porcentaje de probabilidad de éxito, al cien por ciento.

Ailea comenzó a impacientarse, quería tener preparado todo para la visita del dueño de aquel corazón.

Matías llegó al teatro aproximadamente media hora antes del comienzo de la función, se desanimó al ver que tan sólo había un hombre en el lugar, ¿Cómo podía ser que la gente no apreciase el valor de la obra?  Normalmente hubiera llegado con una anticipación de más de una hora, pero el hotel en el cual había conseguido hospedarse estaba muy lejos del teatro y el colectivo había tardado mucho en llegar. Caminó entre las butacas para llegar a la primera fila, normalmente se sentaba justo en el medio de la misma, pero el lugar estaba ocupado por el hombre que había llegado antes que él. Se sentó a su lado y se presentó. No era algo que acostumbraba hacer, pero estaba intrigado por quien le había sacado su lugar. Charlaron un buen rato hasta que Alberto, así era el nombre de la persona que estaba sentada en su lugar, le dijo que intentaría hablar con los actores, al levantarse agregó: -Puedes tomar mi lugar si lo deseas, el del medio siempre es el mejor- dijo y sonrió.

Alberto caminó hacía los camerinos mientras repasaba su plan: debía convencer a algunos de los actores que era conocido suyo y mostrarse enojado cuando no lo reconociese. No era un plan muy complicado, pero seguramente funcionaría, más aún cuando diese datos precisos de su último encuentro. Había averiguado lo suficiente sobre ellos como para poder inventar un encuentro imaginario. Cuando iba a golpear la puerta, una mano agarró su brazo. Era Rodrigo, nombre con el cual se había presentado Matías, quién lo había detenido. -¿Puedo entrar con vos?- preguntó -He asistido a cada una de sus obras, pero jamás he hablado con alguno de ellos. Alberto determinó que su compañía no podía afectar su plan y, por lo tanto, aceptó. Golpeó la puerta y cuando abrió uno de los actores, a quién reconoció por una foto que había visto en Internet,  lo saludó como si lo conociese de toda la vida. Roberto Palos, era quién había abierto la puerta, se asombró al ver a Alberto que sin siquiera presentarse le daba la mano y le sonreía, mientras presentaba a Rodrigo, un amigo de él, fanático de sus obras. Roberto debió ser sincero y decir que no lo recordaba, Alberto pareció enojarse pero igual le dijo: -Soy José Luis, ¿No me recordás?, ambos fuimos al secundario juntos- Alberto miró a Rodrigo como diciéndole que se quedase callado, al notar que éste lo miraba raro al escuchar el nombre con el cual se había presentado. No quería que arruinase su actuación, había tenido mucha suerte al darse cuenta que había servido el saber que Roberto tenía problemas de memoria.

Fue una lástima que la función tuviese que comenzar, pues Alberto creía que si seguían charlando, pronto descubriría quién estaba asociado con la sigla E.A.P.

Unos minutos antes de que comenzase la escena, Matías halagó a Alberto por su gran actuación dentro del camerino. Había pensado que debía conocer a alguno de los actores y al descubrir que en realidad se basaba en un engaño, sentía que debía felicitarlo, pues él jamás podría haber hecho eso y estaba feliz de haber podido hablar con quienes daban vida a las obras de su escritor favorito.

La coleccionista de los corazones rotos. Parte 2

Posted in Cuentos on January 31st, 2010 by admin – Be the first to comment

Alberto intentó por semanas descifrar la lógica que el hombre empleaba para decidir en que ciudad aparecer luego, fue muy decepcionante para él tener que darse por vencido. Había empleado tanto tiempo en esa tarea, que había abandonado la búsqueda del hombre. Incluso cuando, el mismo, podría haber visitado la ciudad en la que él se encontraba, pero al estar ocupado, no se había enterado.
Retomó su búsqueda, comenzando por los diarios locales, pero en ellos no encontró mención alguna hacia un hombre que proclamase tener habilidades especiales. Pasó del papel a la computadora, era mucho más fácil conseguir información a través de ese medio. A medida que iba encontrando testimonios más recientes, marcaba en el mapa el lugar dónde se lo había visto. Aunque, probablemente, no volviese a ver el mapa deseando encontrar un patrón, estaba decidido a anotar toda información que obtuviese sobre él.
Su búsqueda se basaba en datos sobre un hombre que había oído mencionar, cuyo nombre ni siquiera conocía; y cuando se dio cuenta de ello, se sintió sumamente decepcionado. Comenzó a recordar el comienzo de su investigación, desde el principio, se había basado en datos cuya veracidad era incierta, quizás el hombre era tan sólo un mito urbano y él había estado buscándolo cómo si las palabras que había oído por ahí, no pudiesen ser falsas. Se sintió terrible consigo mismo, se consideró un idiota al darse cuenta que todo lo que había hecho era, posiblemente, inútil. Abandonó lo que estaba haciendo, se fue a recostar en la cama, cerró los ojos y se durmió.

Siguiendo su patrón, Matías decidió cual sería su próximo destino. La ciudad a la que iría estaba ,cómodamente, cerca de donde él se encontraba. Ansioso, preparó su bolso, el cual llevaba a todos lados y sonrió al pensar las reliquias que podía llegar a encontrar en ese lugar. Claro, que ese no era su objetivo principal, pero siempre aprovechaba cualquier oportunidad para añadir un artículo a su conjunto de tesoros. Toda su colección se encontraba dentro de su bolso, pero sabía que si seguía juntando objetos de tanto valor, como los que ya había encontrado, no le sería posible continuar con su vida nómada. Eso lo entristecía en cierto grado, pero sabía que si la causa no era esa, lo sería la finalización de la gira teatral.

Alberto despertó sin haber recobrado las esperanzas, estaba desanimado y muy cansado, a pesar de haber dormido varias horas. Casi en contra de su voluntad, se levantó de la cama y caminó hasta la silla, frente al escritorio donde estaba su computadora. Se sentó y se quedó mirando el monitor por bastante tiempo, mientras pensaba que quizás debía continuar con lo que había estado haciendo. Pero estaba de muy mal humor como para seguir con ello y también muy triste. Fue entonces cuando se dio cuenta: lentamente estaba perdiendo cada una de sus emociones y sólo quedaba la agonía y el sufrimiento. Agitó la cabeza como queriendo borrar el pensamiento de su cabeza, pero no pudo lograrlo, él sabía que era cierto y no había nada que pudiera hacer. Excepto recuperar su corazón. Y jamás podría hacerlo si no encontraba al hombre. Decidido, comenzó a buscar, nuevamente, indicios del paradero de la única persona que podía ayudarlo y poco a poco, sus esperanzas comenzaron a retornar.

Cuando los latidos del corazón que Ailea sostenía en la mano, recuperaron su fuerza rápidamente, ella se sorprendió. Había creído que su dueño pronto moriría.

Alberto siguió con su búsqueda por horas, leyendo y anotando cualquier dato que pudiese ser de ayuda. Al final del día, tenía escritas una gran cantidad de hojas, llenas de información que el consideraba útil. El problema es que aún debía descifrar parte de la misma, había intentado comprender algunas de las cosas que había notado en ellas. Lo que más le llamaba la atención era una sigla que según sabía, estaba relacionada con el hombre que estaba buscando. E.A.P, pensó, ¿Qué significaría?. Por la cantidad de letras, podían ser iniciales de un nombre, quizás de quién estaba buscando, pero, ¿Cómo descifrarlas? Las combinaciones eran casi infinitas y no había motivo para descartar ninguna posibilidad, sin embargo, había algo que era familiar en esas letras, estaba seguro de que las había visto en alguna parte. Sabía que no las había visto en su computadora, sino en algo de papel. ¿En un diario o revista? Quizás, pero supuso que algo como ello le habría llamado la atención y lo hubiese anotado. Debía ser algo que había leído antes de su investigación, ¿Pero, entonces, podía estar relacionado? Fue hacia su biblioteca, donde solía pasar la mayor parte de su tiempo, mientras aún vivía con Celeste. ¿Habría sido acaso de ello que lo había dejado?, ¿Pasaba demasiado tiempo entre libros y la había ignorado?, tuvo que dejar de pensar en ello, no porque fuese triste, sino para continuar con la búsqueda. Miró los libros que estaban en los estantes de la biblioteca, creía que mirando los lomos de los libros, el recuerdo podía volver a él. Se detenía un par de segundos para observar cada libro, luego enfocaba su vista en otro. Finalmente se detuvo frente a uno de los libros, en cuyo lomo se veía escrito: “El corazón delator” y “El cuervo”, de Edgar Allan Poe. ¡Eso era!, las iniciales le correspondían. ¿Podía ser que hubiese alguna conexión? Recordó que desde hace dos semanas, un grupo de teatro ambulante había ido ciudad por ciudad, dentro del país, protagonizando las diferentes historias de Edgar Allan Poe. Era posible que el hombre estuviese entre los actores, sólo faltaba corroborarlo.

Fue hacía su computadora y buscó los datos del recorrido que estaban realizando, al encontrarlos, comenzó a leer las fechas de sus actuaciones y las ciudades que habían recorrido, mientras se fijaba en su mapa si coincidían con sus anotaciones. Exceptuando una sólo fecha, todas coincidían, podía ser que una de las fecha que el había notado eran falsas, o que el hombre no había podido estar en la función, pero eso no logró aplacar la felicidad que sintió Alberto cuando pensó que quizás su búsqueda había terminado, sólo debía estar en la ciudad en donde se realizaría la siguiente función, el día de mañana. A su placer, esa ciudad, era la propia.

Ailea notó que el corazón que había recuperado los latidos regulares unas horas antes, ahora latía con gran intensidad.  Extraño, pensó, quizás debería ocuparme de ti primero, ¿Quién sabe?, tal vez tu dueño venga a buscarte. Sonrió, eso nunca había ocurrido.

La coleccionista de los corazones rotos. Parte 1

Posted in Cuentos on January 24th, 2010 by admin – 3 Comments

Incluso cuando ya habían pasado siete meses desde que su esposa lo había abandonado, Alberto no lograba formar una nueva relación. Había intentado varias veces buscar una nueva pareja, pero no se enamoraba de ninguna de las mujeres que conocía. Ni siquiera de una de sus mejores amigas, la cual en ocasiones anteriores, había demostrado cierto interés por él. No podía amar a nadie más no cómo había amado a Celeste. Pero a pesar de que muchas veces intentaba recordarla con aprecio, ni por ella lograba sentir sentimiento alguno.

Había ido a terapia una vez por semana, por cuatro meses, pero no había logrado ningún progreso. Al final decidió dejarlo, pues sentía que era tan sólo un desperdicio de dinero y tiempo. Buscó ayuda en muchos otros lados, depositó sus esperanzas en personas que decían poseer cualidades especiales: tarotistas, psíquicos e incluso algunas personas que decían ser brujas, pero sin resultados. Al fin optó por la opción que él había decidido dejar para el final. Nunca le habían agradado los hospitales y la mera idea de que quizás el problema se albergaba en su mente, le disgustaba enormemente.

Cuando llegó al consultorio del médico y le explicó por qué había ido allí, éste no pudo evitar soltar una risita burlona. Alberto jamás había tenido sentido del humor y no le había gustado que quien debía atenderlo, tomase su problema con tan poca seriedad. Pero necesitaba realizarse los estudios, con lo cual optó por aceptar al neurólogo y sus burlas. Comenzó a contarle su necesidad de saber si había algo mal en su cabeza, el doctor, se dedicaba a asentir con la cabeza, haciéndole pensar a Alberto, que no le estaba prestando atención. Súbitamente terminó de contar su historia y le dijo: -Comencemos los exámenes-. El doctor pareció sorprendido ante tal cambio de humor y quizás por ellos considero apropiado realizar los estudios necesarios.
El electroencefalograma  no había revelado problema alguno, y de cierta manera Alberto estaba más tranquilo, pero aún quedaba saber cuál era el origen de su problema. El médico no se había sorprendido al obtener el resultado del estudio, por lo tanto le dijo que no se preocupase  pues, el problema, no podía deberse a ninguna lesión cerebral. Luego de estrechar su mano, Alberto salió del consultorio y caminó por los pasillos del hospital preguntándose qué debía hacer. Recordó que un amigo le había dicho que muchos problemas podían deberse a la hipertensión, y fuese cierto o no, él decidió comprobar si su presión sanguínea era alta.

El estudio reveló todo lo contrario: su presión sanguínea era mínima,  por lo tanto lo habían derivado a un cardiólogo. Alberto estaba preocupado, sabía que mucha gente moría por problemas cardíacos y él aún era joven. El cardiólogo intentó tranquilizarlo explicándole que muchas veces con una buena dieta y ejercicio se podía aumentar la presión. Pero no en todos los casos, pensó él. Alberto estaba nervioso y los intentos del cardiólogo eran en vano. Fue así como se dió cuenta de que algo faltaba: los latidos de su corazón. Con tanto nerviosismo, el corazón debería estar latiendo rápidamente, pero él ni siquiera lo sentía. Se tocó el pecho, temeroso de descubrir que tenía razón. Intentó sentir el latido, pero le fue imposible. Dirigiéndose al cardiólogo, le pidió que intentase medir su ritmo cardíaco. El cardiólogo aceptó, extrañado por el modo con el cual se lo había pedido. Tomó su estetoscopio, colocó las olivas en sus orejas y la campana en el pecho de Alberto. Pasaron unos minutos hasta que el hombre se dió cuenta que su intento era inútil. Dejó el estetoscopio en una mesita y procedió a medir el ritmo cardíaco con diferentes métodos. Cada uno de ellos falló. Miró a Alberto con cierta preocupación o miedo, era difícil de saber y le dijo: -¿Acaso ésto es un truco?- Pero en seguida descubrió que no necesitaba una respuesta, la cara de Alberto revelaba un gran temor ante lo sucedido. El cual se levantó y salió del hospital, preocupado por su situación. Recordó el momento en que su esposa lo había abandonado y también el dolor que se produjo en su pecho al verla partir, en su momento había notado que su corazón se había roto, pero que no estuviese, era algo que no podía comprender.

-Yo sé dónde está tu corazón- dijo el hombre sonriendo maliciosamente. -Lo tiene Ailea, la coleccionista de corazones rotos-. Alberto escuchaba cada una de sus palabras, pero no llegaba a considerar posible lo que le estaba diciendo.
Alberto había buscado por semanas a alguien que pudiese saber qué había ocurrido con su corazón. Temía que se hubiese ido para siempre. Incluso, creyó posible que hubiese sido consumido por su propia amargura al dejarlo su esposa, pero guardaba la esperanza de que no fuese cierto. Al final, había leído por ahí, la historia de un supuesto, conocedor de magia negra, el cual podría tener la respuesta. Albergó todas sus esperanzas en aquél hombre y fue en su búsqueda. Buscó en guía telefónicas, diarios e internet, pero siempre obtenía la misma información: cada tanto aparecía en una ciudad y se  quedaba allí por un par de días. Pero nadie sabía en qué ciudad se encontraría hasta que él hubiera llegado a ella.

Aunque de cierta manera esa información lo decepcionó, aún era posible que en vez de que él esperase al conocedor de magia negra, fuese a buscarlo. Seguramente alguien que lo encontrase en su ciudad comentaría lo ocurrido. Y de una manera u otra, acabaría sabiendo dónde se encontraba si buscaba lo suficiente. Claro que para ello podían llegar a pasar meses, pero lo principal era que actuase enseguida. Buscó todas las anécdotas que pudiese encontrar, de gente que lo hubiese conocido y comenzó a marcar en un mapa dónde había sido avistado. Debía estar siguiendo un patrón, no era posible que eligiese el lugar en el cual aparecer, de forma aleatoria. Pasaron dos días, los cuales Alberto había empleado fervientemente en buscar la localización del hombre, hasta que hubo terminado. Miró el mapa y se detuvo a observar los puntos que había marcado en él. Por suerte, el hombre debía ser del país, pues parecía que jamás había cruzado la frontera. De esa manera recobró un poco las esperanzas al pensar que su búsqueda no era totalmente imposible de cumplir.

Ailea miró a su alrededor, observó todos los corazones que se encontraban en grandes pilas, dispersos por la habitación. Caminó entre ellos intentando encontrar aquellos que ya no valía la pena conservar. De repente, se detuvo frente a una gran montaña de corazones, metió la mano a través de la misma y sacó un corazón que se encontraba en el medio . Ese corazón no latía, a diferencia de los otros. Su dueño ya había muerto y no era necesario quedarse con él por mucho más tiempo. Dió un suspiro y llevó el corazón hacia afuera. Una vez en el jardín, tomó una pala y comenzó a cavar la tumba para el mismo.

El salto

Posted in Cuentos on January 12th, 2010 by admin – 3 Comments

-Detente- dijo y me detuve como si hubiese tenido una correa alrededor de mi cuello y el acabase de tirar de ella. -No mires hacia abajo- me indicó y seguí sus instrucciones como si pudiese quedarme ciego sólo por desobedecerlo. -Ahora salta- gritó. No puedo hacerlo, pensé  y comencé a llorar. -Empújame- le pedí y me respondió: -No debo-. Yo sabía que él no debía, pero no podía evitar pensar que quizás lo haría por mí. Me dí media vuelta y lo miré a los ojos. Sus ojos se encontraron con los mios y por un momento pensé que iba a detenerme, pero no lo hizo. Me dejé caer para atrás, mientras que mis ojos volvían a humedecerse. Caí. Y mientras caía pude ver el edificio en cuyo techo había estado parado segundos antes y pensé: -No quiero morir-.

No morí. Luego de que los cincuenta metros de elástico se estiraron, por simples reglas físicas, volvieron a contraerse y me elevaron unos cuantos metros. Volví a caer y seguí rebotando hasta que él comenzó a tirar de la cuerda elástica, para subirme hasta el techo del edificio. -¿Estás bien?- me preguntó. -Lo estoy- respondí -pero no estoy listo para saltar sin cuerda, nunca lo estaré-. -¿Querés jugar a la Ruleta Rusa conmigo y usar todos los turnos?- Preguntó sonriendo. -No, mucha sangre- dije. -No te preocupes, ya pensaremos en algo- dijo.

Un cuento de Navidad

Posted in Cuentos on December 23rd, 2009 by admin – 5 Comments

Ya el año pasado había escrito un post relacionado con la navidad. Pero el de éste año es diferente, pues es un pequeño cuento que comencé a escribir ayer a la noche. Espero que lo disfruten.

Mientras que los duendes los regalos tallaban, pintaban y limaban; cortaban, lustraban y armaban, Papá Noel descansaba en su pequeña cabaña. Allí en su cama se recostaba y dormía por horas, pues nadie lo despertaba.
A la mañana siguiente, Papá Noel se levantaba, a las 12, pues no madrugaba. No como los duendes que como trabajaban, siempre antes del alba, se despertaban.

A veces, incluso,  a la lista agregaba, nombres que en realidad no faltaban. Él los inventaba y pedía los regalos que deseaba.
Luego a la noche se levantaba y silenciosamente a la fábrica entraba. Tomaba los regalos de su petición e incluso alguno extra, si es que daba la ocasión.

Entre los duendes comenzó a armarse un plan, para a Papá Noel poder derrocar. Su objetivo era simple, simple en verdad, solo deseaban con su domino acabar.
De a pocos comenzaron, entre ellos a charlar y como él no los vigilaba de nada se podía enterar.
¿Pues quién pensaría que entre ellos había un traidor? Pues nadie lo hizo y de ahí su error. Pues uno solamente, fue necesario, para lograr que siguiese el calvario.
Uno a uno el los delató y con gran furia, Papá Noel los enfrentó. Los privó de la comida y los encerró, pero entonces en la fábrica solo ese uno quedo.
Y sólo, debió trabajar, noche y día sin parar, para la ausencia de los otros poder compensar. Papá Noel rió ante tal situación y sólo gritó “Feliz Navidad”

Así termina el cuento, pero como extra dejo la canción que los duendes entonaban mientras planeaban acabar con Papá Noel:

¡A Papá Noel lo mataremos! lalalalala
¡Y luego lo enterraremos! lalalalala
¡Y sino lo quemaremos! lalalalala
¡Y por el inodoro las cenizas tiraremos! lalalalala
¡Cuánto espacio de más tendremos! lalalalala
¡Pues habrá un gordo menos! lalalalala

Mi alumna

Posted in Cuentos on December 19th, 2009 by admin – 1 Comment

Mi istoria comienza una tarde de verano. -Historia, se escribe con H- le dije a mi alumna.
Mi historia comienza una tarde de verano. Estábamos yo y mi alumna. -Yo no lo dicté así. ¿Conoce la frase “el burro por delante”?, pues, usted es el burro por su forma de escribir, usted debería aparecer antes que yo- le dije mientras le dedicaba una cálida sonrisa.
Estábamos mi alumna y yo. Sólos. -Ese último acento está de más. Sólo va con acento la palabra “solo”, cuando se refiere a “únicamente”. “Solos”, de soledad, no lleva acento ortográfico-.
Estábamos mi alumna y yo. Solos. Ella intentaba escribir el texto que le iba dictando, pero por la gran cantidad de erores de hortografía, debíamos interrumpir la escritura cada pocos segundos. -No quise interrumpirte antes, pero la palabra “erores” no existe, es errrrrrrores- dije, remarcando la doble erre, para que me entendiese. -¿Con siete erres?- preguntó mi alumna. – No, con dos. Y ortografía, no lleva hache-respondí.
Ella intentaba escribir el texto que le iba dictando, pero por la gran cantidad de errores de ortografía, debíamos interrumpir la escritura cada pocos segundos.Pero igual había algo en ella que me cautivaba, no era sólo su belleza, había algo más que me atraía. -Debe tener mucha imaginación señorita- dije. -Pero yo no le dicté eso.
Quedó perplejo al leer lo que yo estava escribiendo, no sólo por la ovbia cantidad de faltas de ortografía, sino porque yo había decidido dar rienda suelta a mi imaginasión. -”Estaba”, va con B larga, “obvia” se escribe primero con B larga y luego con V corta e “imaginación” va con C- dije, sin poder ocultar el nerviosismo en mis palabras.
Quedó perplejo al leer lo que yo estaba escribiendo, no sólo por la obvia cantidad de faltas de ortografía, sino porque yo había decidido dar rienda suelta a mi imaginación. Yo sabía que él jamás admitiría su amor por mí, a no ser que yo lo expresace primero. Pero por timides, no había podido hacerlo y entonses decidí aprovechar la oportunidad de escribir lo que sentía. -Señorita, no puede seguir con esto- dije. -Llámame por mi nombre- suplicó ella. -No pienso hacerlo- respondí. -No es correcto- agregué. -¿Usted no me ama?- preguntó mi alumna. -Sssí- respondí, pero en seguida me arrepentí de haberlo hecho. -Yo sabía- dijo ella llena de emoción. -Incluso con mis faltas ortográficas usted, perdón, vos me amás- me dijo mientras se levantaba de la silla y se acercaba a mí. Yo rápidamente abandoné el edificio, no podía soportar tanta presión.
Y lo hice, pero no ovtube una grata respuesta. Él se fue, en el momento en el cual me lavanté para abrazarlo y besarlo. Fue muy triste que se haya ido, pero dos días después, al bolver al lugar encontré una nota que decía: Te hamo. Y supe que era para mí. -¿Sabés cuantos errores acabás de cometer?- dije fijiendo una gran decepción. -Muchos, pero creo que poco te importa corregirlos- me dijo

Mi sitio está oficialmente inaugurado

Posted in Noticias on December 19th, 2009 by admin – 3 Comments

Con éste post doy comienzo a una larga lista de textos escritos por mí.

Desde hace muchos años venía escribiendo en un blog gratuito, pero he aceptado la oferta propuesta por mis padres de tener un blog pago, como regalo adelantado de Navidad. Espero poder actualizarlo semanalmente, como he intentado hacerlo con mi blog anterior.

Sólo me queda aclarar que, todos los cuentos anteriores a “Mi alumna”, son trasladados de mi sitio anterior. He decidido mantenerlos es las mismas condiciones en las que se encontraban, quizás luego subiré una nueva versión, de alguno de ellos, si creo necesario modificar el modo en el que los he escrito.



La inspiración

Posted in Cuentos on December 13th, 2009 by admin – Be the first to comment

A pesar de haberme prometido a mi mismo no volver a poner un pie en ese bar, decidí hacerlo, pues era allí donde siempre había encontrado mi inspiración. Yo había llegado a la conclusión de que lo mejor era evitar ese lugar, por el modo en el que era tratado por las personas que lo atendían. Desde la primera vez que me había olvidado de dejar propina, las camareras me habían tomado bronca y se descargaban conmigo de todas las maneras posibles: evitaban atenderme, me traían las cosas tarde y muchas veces, incluso, el café frío.
Me senté en una mesa cerca de la ventana e hice una seña a una camarera para que me atendiese, se acercó a mí, pero al reconocerme, se hizo la despistada y decidió ignorarme. Enojado me levanté de la silla, caminé hacia ella y le toqué el hombro con el dedo índice, en señal de llamado. Ella se dio vuelta y con una falsa sonrisa me dijo:-¿Disfrutó su comida señor?
Ante tal comentario yo no tuve más que responderle lo evidente:-Aún no me han atendido, acabo de llegar y por lo tanto es imposible que haya disfrutado mi comida, ¿No le parece lógico?
Ella estuvo a punto de encogerse de hombros, como si no le importase, pero se detuvo, pues quería mantener su odio por mí en secreto. -Bueno señor, siéntese, ya lo atiendo. ¿Qué desea?- Dijo con un tono de voz de disgusto, poco disimulado.
-Querría tomar algo- dije.
-Deberá ser más específico.- respondió ella y suspiró, para darme a entender que ya estaba cansada de hablar conmigo.
-Algo frío, lo que sea.- respondí.
-Está bien, ahora le traigo su orden- me dijo y se dirigió a la cocina.
Pasaron unos cuantos minutos hasta que volvió a acercarse a mi mesa. -Aquí tiene señor, algo frío para tomar.- dijo y colocó en la mesa un plato de gazpacho. -Disfrute su comida.- dijo y rió levemente.
-Gracias, muy amable, siempre me han gustado los chistes- respondí, me levanté de la mesa, salí del bar y me fui a mi casa, satisfecho de haber vuelto a encontrar la inspiración para un cuento.

Arena

Posted in Cuentos on December 4th, 2009 by admin – 2 Comments

Aquí dejo mi pequeño grano de arena. En la playa, mezclado con otros millones de granitos. ¿Pero entonces cómo lograr que ese grano se destaque sobre todos los demás? Debe ser original. Imaginemos una playa de arena amarilla, y en ella, un sólo grano blanco. Será difícil de encontrar entre tantos granos que parecen iguales, pero al ser descubierto, se podrá notar que es diferente. Claro, que también es posible que un grano se destaque por estar húmedo, ya convertido en barro. Pero, ¿quién podría querer barro en una playa? Es algo tan poco deseado, pero el agua del mar siempre moja algunos granos y entonces, el barro se vuelve usual. El mismo, ayuda aún más a los granos blancos a destacarse.
Y así ocurre con la escritura, cada cuento, verso o frase, yace en una playa, en la que abundan granos amarillos. Es trabajo de un lector paciente encontrar aquellos trabajos que realmente merecen ser leídos y de los escritores de escribirlos. Quizás éste sea un grano más del montón, es lo más probable, sin duda. Pero yo lo guardo en mi reloj de arena, donde cada grano cae de a uno y así, a todos, puedo apreciarlos.

El profeta

Posted in Cuentos on October 10th, 2009 by admin – Be the first to comment

Cuando entró a la habitación, supe que su visita era señal de peligro. Él nunca pasaba sólo para saludar, siempre venía con una nueva advertencia. Se sentó en la silla que estaba al lado de la mía y no dijo ni una palabra. Él sabía perfectamente cuando yo comenzaría a hablar y por eso estaba en silencio, estaba esperando. Como yo sabía cual era la situación, decidí callar por la mayor cantidad de tiempo posible, pero apenas ese pensamiento cruzó mi mente, él comenzó a hablar. No podía dejar que yo le ganase.
-Ambos sabemos que yo vine aquí por un buen motivo, pero la diferencia entre tú y yo, es que yo sé cual es.- Dijo y me dirigió una gran sonrisa llena de felicidad, por el simple hecho de poder burlarse de mi ignorancia. -Estás pensando que yo te estoy tratando de un modo muy cruel, porque sé que afectará de manera positiva el futuro. Pero no, lo hago por el sólo placer de molestarte. – Dijo, sin poder evitar sonreír nuevamente. Se levantó de la silla y salió por la puerta. Nunca más lo volví a ver, supongo que nuestra corta charla sirvió para algo, que de cierto modo modificó el porvenir, pero no lo puedo saber con certeza.

Cuando me notificaron que un hombre, el cual decía poder ver el futuro, quería charlar conmigo, lo rechacé. Y al hacerlo, entendí que el hombre no podía ser más que un fraude: de poder ver el futuro, habría sabido que no iba a aceptar su visita en primer lugar.
Pasaron varias horas, hasta que un guardia pidió mi permiso para darme un comunicado. Como se trataba de un hombre de mi confianza, acepté su pedido. Él entró en la habitación, aclaró su voz y me dijo: -Mi rey, siguiendo el pedido de un extraño, quiero darle este sobre, el cual me fue entregado ayer. Sé que sus órdenes me veían obligado a notificarle en el mismo instante, pero el hombre consiguió persuadirme. -¿Y cómo, me pregunto yo, logró persuadirte?- Dije con gran enfado. -Creo que debe leer el papel, seguro entenderá- Respondió y me dió el paquete. Abrí el sobre y de adentro extraje una sola hoja en la que estaba escrito: Lamento que haya rechazado mi visita, espero que esta carta haga cambiar su opinión. Bueno, ¿Qué digo?, estoy seguro que lo hará. Después de leer, le pregunté al guardia si realmente la carta había sido entregada ayer. Al responderme que sí, pensé en decirle que encontrase al profeta, pero antes de poder hacerlo, él me dijo: -Lo está esperando en la plaza. Me pidió por favor que lo interrumpiese antes de que usted pudiese formular la pregunta, para despejar cualquier duda. Sonreí y de inmediato mandé a llamar a algunos hombres para que me escoltasen y recibí la siguiente respuesta: -Ya tenemos todo listo señor, el hombre que usted había enviado hace unas horas, nos informó de su necesidad- No pude evitar comenzar a reír, el profeta me había convencido.
Me encontré con él en la plaza. Lo único que hizo, fue darme la indicación de construir la muralla que rodearía mi palacio, siete pies más alta. Acto seguido, se fue. No intenté detenerlo y por su paso firme y derecho, supe que él sabía que no lo seguiría.

Decidí no dejarlo en espera por mucho más tiempo y fui al restaurante. Allí estaba sentado, esperándome. Me acerqué a su mesa y le pregunté si podía acompañarlo, él me dijo que sí, pero me agradeció la muestra de modestia al preguntarle algo sabiendo ya la respuesta. Le respondí que no era necesario que me agradeciese y él me contestó: -¿Ves?, ya perdiste toda modestia. Ambos sabemos que no necesitaba decírtelo para que tú lo supieses.
-Debes agradecer que yo supe que me estabas esperando y decidí venir- Dije.
-No realmente, yo vine sabiendo perfectamente que vendrías al saber que te estaba esperando. A fin de cuentas ¿Serías capaz de abandonar a un amigo?- Respondió. Levantó la mano para llamar al mozo y le pidió que tomase mi orden.
-Lo que quiera traerme está bien para mí- Respondí. -Y sí, estoy seguro.-
-De acuerdo señor- Dijo el mozo y se fue.
-Con esa demostración te has superado a ti mismo.- Dijo mi amigo. -Eres un orgulloso, simplemente eso y aquí estoy yo intentando hacerte cambiar. Que pérdida de tiempo-
-Si te parece así puedo retirarme, pero algo me dice que prefieres que me quede.- Le respondí y tomé el plato que el mozo había traído para mí. Cuando el mozo se fue, dije en voz baja: -Podría haber elegido mejor, esta comida no tiene buen aspecto.
-Sí, prefiero que te quedes, pero quiero que sepas que es así porque creo que tienes algo interesante que contarme.- Contestó y con un gesto me demostró que quería que yo le contase.
-Tengo algo para contarte, es cierto, pero preferiría que no intentases adivinar el futuro cerca mío, es como si yo quisiese intentar pintar un cuadro como tú lo haces. Sería un desastre.- Comencé a comer la comida que el mozo me había traído.
-Bueno, pero no tengo que ver el futuro para saber cómo quedaría un cuadro que tú pintases, decir que es un desastre, es poco.- Se rió estrepitosamente y puedo jurar que más de una persona de las mesas adyacentes se dieron vuelta para ver cuál era la fuente de tal jolgorio.
-He tenido ciertos problemas últimamente. Desde hace mucho tiempo me cuesta dormir, estando en la cama no paro de preguntarme cuándo podré dormirme y el obtener la respuesta nunca es grato, pues sé que tardaré mucho en poder soñar y eso me mantiene despierto. Y el soñar tampoco es algo que me agrade mucho, mis sueños no difieren demasiado de la realidad, lo único que hago es ver lo que va a suceder. Eso es algo de lo cual no puedo enorgullecerme.- Dije y cuando iba a continuar mi relato el me interrumpió: -Y ambos sabemos cuan importante es el orgullo para ti.- Sonrió alegremente y me dijo que podía seguir con lo que le estaba diciendo.
-Aún no he llegado a contarte lo peor. Este, llamémosle, “don”, puede resultar un poco molesto en muchas ocasiones. ¿Querrías saber cuándo y cómo vas a morir? ¿No?, pues yo lo sé. Y puedo asegurarte que no me entretiene en lo más mínimo saber. Igual despreocúpate, me he encargado de que sea del modo más placentero posible. Es terrible saber cómo van a acabar las vidas de cada una de las personas con las cuales te relacionas, aunque sea por un instante. ¿Recuerdas al rey, al cual le aconsejé que construyese el muro, un poco más alto?, dime, ¿Cómo podría haberle dicho que el hijo que estaba esperando con tantas ansias, iba a morir antes del parto y que no había modo de salvarlo?- Dije y no pude evitar suspirar con tristeza.
-Debe ser complicado, lo entiendo. Al convertirme en tu amigo supe que iba a haber consecuencias, pero decidí aceptarlas. Eres demasiado interesante como para ignorarte. Y lo único que puedo hacer es recordarte que tienes que saber hasta que punto informar a la gente sobre el futuro. Uno prefiere, a veces, vivir en la ignorancia. Pero de todas maneras, me encantaría poseer tu don.- Respondió.
-Eso lo crees por ahora. Lo que te acabo de contarte es horrible, pero no es lo que me perturba tanto. Todas las personas que han tenido conocimiento de mi habilidad, siempre se han preguntado cómo debe sentirse. Es imposible de explicar para mí, así que puedes imaginarte lo difícil que debe ser para alguien pensar en ello. Sé que con anterioridad había intentado explicarte cómo era que esto funcionaba y que fracasé. Pero creo que debes saber hasta que punto esto complica la vida. Cada pequeña modificación que pudiese hacer en el presente afectaría el futuro, con lo cual debo ser muy precavido con mis decisiones. Y por consiguiente, con cada acción desencadeno un futuro distinto, el cual reemplaza al que yo antes conocía. Es como que en cada paso que doy, todo a mi alrededor cambia. Y no, no puedo evitar ver el futuro, ya lo he intentado varias veces. Incluso he probado emplear mi don para saber si en algún momento descubriré cómo dejar de usarlo, para emplear el método con anterioridad. Pero es imposible.- Dije y golpeé la mesa con mi mano, el ruido llamó la atención de todos las personas del lugar. Y el dueño se acercó y me pidió cortésmente que me fuese.
Ya afuera del restaurante, dije: -¿Ves? Todo lo que hago tiene consecuencias y por ese pequeño momento en el cual perdí el control, evité que pudieses pedir un postre.
-No hay problema. -Me dijo. -Pero tengo una duda ¿Cuan claro ves el futuro?, digo, ¿Hay alguna diferencia con lo que estás viviendo en el momento?
-No, no la hay, y eso es lo que más me preocupa. Por ejemplo, yo no sé si esto te lo estoy diciendo ahora o no. Quizás sólo estoy viendo el futuro. Cuesta mucho notar la transición entre el pasado, el presente y el futuro. O bien, todo esto ya pasó y lo que estoy haciendo es recordar, rara vez he necesitado hacerlo, pero quizás ésta es una de esas veces.- Dije y me fui, no quería más hablar del tema. O quizás es que no quiero hablar más. Aunque también es posible que lo mejor es me quede con él, cuando nuestra charla termine.