La coleccionista de los corazones rotos. Parte 3
Posted in Cuentos on February 7th, 2010 by admin – Be the first to commentAlberto había planificado por varias horas la manera por la cual convencería al hombre de que lo ayudase, cuando hubo terminado, asegurándose que el hombre no pudiera negarse, se fue a acostar. Para su sorpresa, se durmió instantáneamente, había pensado que pasaría horas despierto por la excitación de estar tan cerca de la respuesta, pero no fue así.
Matías había llegado a la ciudad unas pocas horas antes de que llegasen los actores, de esa manera, tenía tiempo de sobra para buscar un lugar en dónde dormir. Él recordaba haber estado en esa ciudad con anterioridad, mucho antes de que comenzasen las obras de teatro de Edgar Allan Poe, pero no podía recordar cuándo. Caminó por las calles buscando algún hotel en el cual hospedarse y mientras caminaba pasó frente a la vieja catedral, la cual estaba abandonada desde hace muchos años, se detuvo a observarla, pues había algo familiar en ella. Al fin se dio cuenta, no era la misma, pero esa catedral le recordaba mucho a la habitada por Ailea. El recuerdo de la vez que la había visto había permanecido escondido en una parte de él, como queriendo ser olvidado. Siguió caminando, intentando volver a olvidarse de ella, de la catedral y de los cientos de corazones que guardaba allí.
A la mañana siguiente, Alberto se levantó muy temprano. Inconscientemente, sabía que tenía mucho para hacer y no podía seguir durmiendo. El desayuno no le llevo mucho tiempo, tenía cosas mas importantes que hacer, que comer tostadas y tomar café. La función comenzaría a las tres de la tarde, pero quería asegurarse de llegar antes para conocer al elenco. Quizás podría convencer al hombre de que tomase un café con él, mientras lo ayudaba con su problema. Sabía perfectamente que albergar sus esperanzas, en sólo una persona, no era lo más astuto, pero estaba desesperado. Si el hombre no tenía una solución, lo más probable era que abandonara todo intento de resolver su dilema. Luego del desayuno, decidió pasar el tiempo buscando más información sobre los actores: sus nombres, su lugar de nacimiento y cualquier indicio que pudiese indicar cuál de ellos era quién estaba buscando. En total eran cinco los integrantes de la obra: Lucía García, Ernesto Gómez, Julián Fernández, Claudia Pereyra y Roberto Palos. De intentar adivinar quién era el hombre, tendría un treinta y tres por ciento de posibilidades de acertar, algo que era totalmente inaceptable. Por suerte su plan lograba aumentar el porcentaje de probabilidad de éxito, al cien por ciento.
Ailea comenzó a impacientarse, quería tener preparado todo para la visita del dueño de aquel corazón.
Matías llegó al teatro aproximadamente media hora antes del comienzo de la función, se desanimó al ver que tan sólo había un hombre en el lugar, ¿Cómo podía ser que la gente no apreciase el valor de la obra? Normalmente hubiera llegado con una anticipación de más de una hora, pero el hotel en el cual había conseguido hospedarse estaba muy lejos del teatro y el colectivo había tardado mucho en llegar. Caminó entre las butacas para llegar a la primera fila, normalmente se sentaba justo en el medio de la misma, pero el lugar estaba ocupado por el hombre que había llegado antes que él. Se sentó a su lado y se presentó. No era algo que acostumbraba hacer, pero estaba intrigado por quien le había sacado su lugar. Charlaron un buen rato hasta que Alberto, así era el nombre de la persona que estaba sentada en su lugar, le dijo que intentaría hablar con los actores, al levantarse agregó: -Puedes tomar mi lugar si lo deseas, el del medio siempre es el mejor- dijo y sonrió.
Alberto caminó hacía los camerinos mientras repasaba su plan: debía convencer a algunos de los actores que era conocido suyo y mostrarse enojado cuando no lo reconociese. No era un plan muy complicado, pero seguramente funcionaría, más aún cuando diese datos precisos de su último encuentro. Había averiguado lo suficiente sobre ellos como para poder inventar un encuentro imaginario. Cuando iba a golpear la puerta, una mano agarró su brazo. Era Rodrigo, nombre con el cual se había presentado Matías, quién lo había detenido. -¿Puedo entrar con vos?- preguntó -He asistido a cada una de sus obras, pero jamás he hablado con alguno de ellos. Alberto determinó que su compañía no podía afectar su plan y, por lo tanto, aceptó. Golpeó la puerta y cuando abrió uno de los actores, a quién reconoció por una foto que había visto en Internet, lo saludó como si lo conociese de toda la vida. Roberto Palos, era quién había abierto la puerta, se asombró al ver a Alberto que sin siquiera presentarse le daba la mano y le sonreía, mientras presentaba a Rodrigo, un amigo de él, fanático de sus obras. Roberto debió ser sincero y decir que no lo recordaba, Alberto pareció enojarse pero igual le dijo: -Soy José Luis, ¿No me recordás?, ambos fuimos al secundario juntos- Alberto miró a Rodrigo como diciéndole que se quedase callado, al notar que éste lo miraba raro al escuchar el nombre con el cual se había presentado. No quería que arruinase su actuación, había tenido mucha suerte al darse cuenta que había servido el saber que Roberto tenía problemas de memoria.
Fue una lástima que la función tuviese que comenzar, pues Alberto creía que si seguían charlando, pronto descubriría quién estaba asociado con la sigla E.A.P.
Unos minutos antes de que comenzase la escena, Matías halagó a Alberto por su gran actuación dentro del camerino. Había pensado que debía conocer a alguno de los actores y al descubrir que en realidad se basaba en un engaño, sentía que debía felicitarlo, pues él jamás podría haber hecho eso y estaba feliz de haber podido hablar con quienes daban vida a las obras de su escritor favorito.
