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Hacia el cielo

Posted in Cuentos on April 4th, 2010 by admin – 4 Comments

Miré el cuerpo inmóvil en el suelo y no pude evitar sonreír. Con cada víctima me sentía un poco más cerca del cielo. Ah, el añorado cielo, tan lejano en un principio…
Me senté en la silla frente al escritorio, en la cual minutos antes se hallaba… Lucas… algo. Su apellido carecía de importancia, incluso su nombre no contribuía en lo más mínimo a mi interés por él. Lo había elegido sólo por su físico, resultaban mucho más útiles los cuerpos grandes, pues algunos contaban por dos, o quizás tres personas. Claro que suponía un esfuerzo mayor el trasladarlos, pero el asesinato y traslado de tres personas delgadas tomaba mucho más tiempo.
Sobre el escritorio estaba la hoja en la cual le había obligado a escribir su despedida. Los suicidios son siempre menos investigados que los asesinatos y por lo tanto, la posibilidad de ser descubierto es menor. Releí el texto para asegurarme de que era convincente, obviamente lo era, al haber sido yo un reconocido escritor, no presentaba ninguna dificultad para mí el narrar los sucesos que antecedían al suicidio de una persona. Sólo era necesario que hablase por unos minutos con ella antes para conseguir algo de información. De la composición del escrito me encargaba yo.

Mi reloj de pulsera marcaba las tres de la mañana, ya era seguro salir. Sujeté el cuerpo del hombre por sus dos anchos tobillos y comencé a arrastrarlo. Lo arrastré hasta fuera de su casa y continué hasta haber cruzado el jardín, lo subí a mi camioneta y comencé el viaje. El galpón donde guardaba provisoriamente los cuerpos estaba a pocos kilómetros de allí, su destino final era el que se encontraba realmente lejos.
Sólo me tomó media hora llegar al galpón y diez minutos subir el resto de los cuerpos. Quería llevarlos lo más pronto posible, no sólo porque el olor que exudaban era cada vez peor, sino porque estaba realmente impaciente por calcular cuántos me faltaban, quizás ese sería mi penúltimo viaje. Ese pensamiento me mantuvo feliz durante todo el trayecto.

Ya eran las cuatro de la tarde cuando llegué al lugar. No había comido, pero tal como las veces anteriores, no tenía hambre, el olor putrefacto de los cadáveres me había quitado el apetito. No había nadie a mi alrededor, respiré tranquilo, siempre cabía la posibilidad de que descubriesen la gran pila de muertos que había dejado allí. Comencé a descender a los nuevos contribuidores y a colocarlos sobre todos los demás. Admiraba la forma en la cual la pila crecía con cada adición. Subí hasta la punta y miré hacia arriba. Había calculado bien, con media docena de cuerpos más, alcanzaría. Igualmente llevaría siete, para estar seguro.