Archive for January, 2010

La coleccionista de los corazones rotos. Parte 2

Posted in Cuentos on January 31st, 2010 by admin – Be the first to comment

Alberto intentó por semanas descifrar la lógica que el hombre empleaba para decidir en que ciudad aparecer luego, fue muy decepcionante para él tener que darse por vencido. Había empleado tanto tiempo en esa tarea, que había abandonado la búsqueda del hombre. Incluso cuando, el mismo, podría haber visitado la ciudad en la que él se encontraba, pero al estar ocupado, no se había enterado.
Retomó su búsqueda, comenzando por los diarios locales, pero en ellos no encontró mención alguna hacia un hombre que proclamase tener habilidades especiales. Pasó del papel a la computadora, era mucho más fácil conseguir información a través de ese medio. A medida que iba encontrando testimonios más recientes, marcaba en el mapa el lugar dónde se lo había visto. Aunque, probablemente, no volviese a ver el mapa deseando encontrar un patrón, estaba decidido a anotar toda información que obtuviese sobre él.
Su búsqueda se basaba en datos sobre un hombre que había oído mencionar, cuyo nombre ni siquiera conocía; y cuando se dio cuenta de ello, se sintió sumamente decepcionado. Comenzó a recordar el comienzo de su investigación, desde el principio, se había basado en datos cuya veracidad era incierta, quizás el hombre era tan sólo un mito urbano y él había estado buscándolo cómo si las palabras que había oído por ahí, no pudiesen ser falsas. Se sintió terrible consigo mismo, se consideró un idiota al darse cuenta que todo lo que había hecho era, posiblemente, inútil. Abandonó lo que estaba haciendo, se fue a recostar en la cama, cerró los ojos y se durmió.

Siguiendo su patrón, Matías decidió cual sería su próximo destino. La ciudad a la que iría estaba ,cómodamente, cerca de donde él se encontraba. Ansioso, preparó su bolso, el cual llevaba a todos lados y sonrió al pensar las reliquias que podía llegar a encontrar en ese lugar. Claro, que ese no era su objetivo principal, pero siempre aprovechaba cualquier oportunidad para añadir un artículo a su conjunto de tesoros. Toda su colección se encontraba dentro de su bolso, pero sabía que si seguía juntando objetos de tanto valor, como los que ya había encontrado, no le sería posible continuar con su vida nómada. Eso lo entristecía en cierto grado, pero sabía que si la causa no era esa, lo sería la finalización de la gira teatral.

Alberto despertó sin haber recobrado las esperanzas, estaba desanimado y muy cansado, a pesar de haber dormido varias horas. Casi en contra de su voluntad, se levantó de la cama y caminó hasta la silla, frente al escritorio donde estaba su computadora. Se sentó y se quedó mirando el monitor por bastante tiempo, mientras pensaba que quizás debía continuar con lo que había estado haciendo. Pero estaba de muy mal humor como para seguir con ello y también muy triste. Fue entonces cuando se dio cuenta: lentamente estaba perdiendo cada una de sus emociones y sólo quedaba la agonía y el sufrimiento. Agitó la cabeza como queriendo borrar el pensamiento de su cabeza, pero no pudo lograrlo, él sabía que era cierto y no había nada que pudiera hacer. Excepto recuperar su corazón. Y jamás podría hacerlo si no encontraba al hombre. Decidido, comenzó a buscar, nuevamente, indicios del paradero de la única persona que podía ayudarlo y poco a poco, sus esperanzas comenzaron a retornar.

Cuando los latidos del corazón que Ailea sostenía en la mano, recuperaron su fuerza rápidamente, ella se sorprendió. Había creído que su dueño pronto moriría.

Alberto siguió con su búsqueda por horas, leyendo y anotando cualquier dato que pudiese ser de ayuda. Al final del día, tenía escritas una gran cantidad de hojas, llenas de información que el consideraba útil. El problema es que aún debía descifrar parte de la misma, había intentado comprender algunas de las cosas que había notado en ellas. Lo que más le llamaba la atención era una sigla que según sabía, estaba relacionada con el hombre que estaba buscando. E.A.P, pensó, ¿Qué significaría?. Por la cantidad de letras, podían ser iniciales de un nombre, quizás de quién estaba buscando, pero, ¿Cómo descifrarlas? Las combinaciones eran casi infinitas y no había motivo para descartar ninguna posibilidad, sin embargo, había algo que era familiar en esas letras, estaba seguro de que las había visto en alguna parte. Sabía que no las había visto en su computadora, sino en algo de papel. ¿En un diario o revista? Quizás, pero supuso que algo como ello le habría llamado la atención y lo hubiese anotado. Debía ser algo que había leído antes de su investigación, ¿Pero, entonces, podía estar relacionado? Fue hacia su biblioteca, donde solía pasar la mayor parte de su tiempo, mientras aún vivía con Celeste. ¿Habría sido acaso de ello que lo había dejado?, ¿Pasaba demasiado tiempo entre libros y la había ignorado?, tuvo que dejar de pensar en ello, no porque fuese triste, sino para continuar con la búsqueda. Miró los libros que estaban en los estantes de la biblioteca, creía que mirando los lomos de los libros, el recuerdo podía volver a él. Se detenía un par de segundos para observar cada libro, luego enfocaba su vista en otro. Finalmente se detuvo frente a uno de los libros, en cuyo lomo se veía escrito: “El corazón delator” y “El cuervo”, de Edgar Allan Poe. ¡Eso era!, las iniciales le correspondían. ¿Podía ser que hubiese alguna conexión? Recordó que desde hace dos semanas, un grupo de teatro ambulante había ido ciudad por ciudad, dentro del país, protagonizando las diferentes historias de Edgar Allan Poe. Era posible que el hombre estuviese entre los actores, sólo faltaba corroborarlo.

Fue hacía su computadora y buscó los datos del recorrido que estaban realizando, al encontrarlos, comenzó a leer las fechas de sus actuaciones y las ciudades que habían recorrido, mientras se fijaba en su mapa si coincidían con sus anotaciones. Exceptuando una sólo fecha, todas coincidían, podía ser que una de las fecha que el había notado eran falsas, o que el hombre no había podido estar en la función, pero eso no logró aplacar la felicidad que sintió Alberto cuando pensó que quizás su búsqueda había terminado, sólo debía estar en la ciudad en donde se realizaría la siguiente función, el día de mañana. A su placer, esa ciudad, era la propia.

Ailea notó que el corazón que había recuperado los latidos regulares unas horas antes, ahora latía con gran intensidad.  Extraño, pensó, quizás debería ocuparme de ti primero, ¿Quién sabe?, tal vez tu dueño venga a buscarte. Sonrió, eso nunca había ocurrido.

La coleccionista de los corazones rotos. Parte 1

Posted in Cuentos on January 24th, 2010 by admin – 3 Comments

Incluso cuando ya habían pasado siete meses desde que su esposa lo había abandonado, Alberto no lograba formar una nueva relación. Había intentado varias veces buscar una nueva pareja, pero no se enamoraba de ninguna de las mujeres que conocía. Ni siquiera de una de sus mejores amigas, la cual en ocasiones anteriores, había demostrado cierto interés por él. No podía amar a nadie más no cómo había amado a Celeste. Pero a pesar de que muchas veces intentaba recordarla con aprecio, ni por ella lograba sentir sentimiento alguno.

Había ido a terapia una vez por semana, por cuatro meses, pero no había logrado ningún progreso. Al final decidió dejarlo, pues sentía que era tan sólo un desperdicio de dinero y tiempo. Buscó ayuda en muchos otros lados, depositó sus esperanzas en personas que decían poseer cualidades especiales: tarotistas, psíquicos e incluso algunas personas que decían ser brujas, pero sin resultados. Al fin optó por la opción que él había decidido dejar para el final. Nunca le habían agradado los hospitales y la mera idea de que quizás el problema se albergaba en su mente, le disgustaba enormemente.

Cuando llegó al consultorio del médico y le explicó por qué había ido allí, éste no pudo evitar soltar una risita burlona. Alberto jamás había tenido sentido del humor y no le había gustado que quien debía atenderlo, tomase su problema con tan poca seriedad. Pero necesitaba realizarse los estudios, con lo cual optó por aceptar al neurólogo y sus burlas. Comenzó a contarle su necesidad de saber si había algo mal en su cabeza, el doctor, se dedicaba a asentir con la cabeza, haciéndole pensar a Alberto, que no le estaba prestando atención. Súbitamente terminó de contar su historia y le dijo: -Comencemos los exámenes-. El doctor pareció sorprendido ante tal cambio de humor y quizás por ellos considero apropiado realizar los estudios necesarios.
El electroencefalograma  no había revelado problema alguno, y de cierta manera Alberto estaba más tranquilo, pero aún quedaba saber cuál era el origen de su problema. El médico no se había sorprendido al obtener el resultado del estudio, por lo tanto le dijo que no se preocupase  pues, el problema, no podía deberse a ninguna lesión cerebral. Luego de estrechar su mano, Alberto salió del consultorio y caminó por los pasillos del hospital preguntándose qué debía hacer. Recordó que un amigo le había dicho que muchos problemas podían deberse a la hipertensión, y fuese cierto o no, él decidió comprobar si su presión sanguínea era alta.

El estudio reveló todo lo contrario: su presión sanguínea era mínima,  por lo tanto lo habían derivado a un cardiólogo. Alberto estaba preocupado, sabía que mucha gente moría por problemas cardíacos y él aún era joven. El cardiólogo intentó tranquilizarlo explicándole que muchas veces con una buena dieta y ejercicio se podía aumentar la presión. Pero no en todos los casos, pensó él. Alberto estaba nervioso y los intentos del cardiólogo eran en vano. Fue así como se dió cuenta de que algo faltaba: los latidos de su corazón. Con tanto nerviosismo, el corazón debería estar latiendo rápidamente, pero él ni siquiera lo sentía. Se tocó el pecho, temeroso de descubrir que tenía razón. Intentó sentir el latido, pero le fue imposible. Dirigiéndose al cardiólogo, le pidió que intentase medir su ritmo cardíaco. El cardiólogo aceptó, extrañado por el modo con el cual se lo había pedido. Tomó su estetoscopio, colocó las olivas en sus orejas y la campana en el pecho de Alberto. Pasaron unos minutos hasta que el hombre se dió cuenta que su intento era inútil. Dejó el estetoscopio en una mesita y procedió a medir el ritmo cardíaco con diferentes métodos. Cada uno de ellos falló. Miró a Alberto con cierta preocupación o miedo, era difícil de saber y le dijo: -¿Acaso ésto es un truco?- Pero en seguida descubrió que no necesitaba una respuesta, la cara de Alberto revelaba un gran temor ante lo sucedido. El cual se levantó y salió del hospital, preocupado por su situación. Recordó el momento en que su esposa lo había abandonado y también el dolor que se produjo en su pecho al verla partir, en su momento había notado que su corazón se había roto, pero que no estuviese, era algo que no podía comprender.

-Yo sé dónde está tu corazón- dijo el hombre sonriendo maliciosamente. -Lo tiene Ailea, la coleccionista de corazones rotos-. Alberto escuchaba cada una de sus palabras, pero no llegaba a considerar posible lo que le estaba diciendo.
Alberto había buscado por semanas a alguien que pudiese saber qué había ocurrido con su corazón. Temía que se hubiese ido para siempre. Incluso, creyó posible que hubiese sido consumido por su propia amargura al dejarlo su esposa, pero guardaba la esperanza de que no fuese cierto. Al final, había leído por ahí, la historia de un supuesto, conocedor de magia negra, el cual podría tener la respuesta. Albergó todas sus esperanzas en aquél hombre y fue en su búsqueda. Buscó en guía telefónicas, diarios e internet, pero siempre obtenía la misma información: cada tanto aparecía en una ciudad y se  quedaba allí por un par de días. Pero nadie sabía en qué ciudad se encontraría hasta que él hubiera llegado a ella.

Aunque de cierta manera esa información lo decepcionó, aún era posible que en vez de que él esperase al conocedor de magia negra, fuese a buscarlo. Seguramente alguien que lo encontrase en su ciudad comentaría lo ocurrido. Y de una manera u otra, acabaría sabiendo dónde se encontraba si buscaba lo suficiente. Claro que para ello podían llegar a pasar meses, pero lo principal era que actuase enseguida. Buscó todas las anécdotas que pudiese encontrar, de gente que lo hubiese conocido y comenzó a marcar en un mapa dónde había sido avistado. Debía estar siguiendo un patrón, no era posible que eligiese el lugar en el cual aparecer, de forma aleatoria. Pasaron dos días, los cuales Alberto había empleado fervientemente en buscar la localización del hombre, hasta que hubo terminado. Miró el mapa y se detuvo a observar los puntos que había marcado en él. Por suerte, el hombre debía ser del país, pues parecía que jamás había cruzado la frontera. De esa manera recobró un poco las esperanzas al pensar que su búsqueda no era totalmente imposible de cumplir.

Ailea miró a su alrededor, observó todos los corazones que se encontraban en grandes pilas, dispersos por la habitación. Caminó entre ellos intentando encontrar aquellos que ya no valía la pena conservar. De repente, se detuvo frente a una gran montaña de corazones, metió la mano a través de la misma y sacó un corazón que se encontraba en el medio . Ese corazón no latía, a diferencia de los otros. Su dueño ya había muerto y no era necesario quedarse con él por mucho más tiempo. Dió un suspiro y llevó el corazón hacia afuera. Una vez en el jardín, tomó una pala y comenzó a cavar la tumba para el mismo.

El salto

Posted in Cuentos on January 12th, 2010 by admin – 3 Comments

-Detente- dijo y me detuve como si hubiese tenido una correa alrededor de mi cuello y el acabase de tirar de ella. -No mires hacia abajo- me indicó y seguí sus instrucciones como si pudiese quedarme ciego sólo por desobedecerlo. -Ahora salta- gritó. No puedo hacerlo, pensé  y comencé a llorar. -Empújame- le pedí y me respondió: -No debo-. Yo sabía que él no debía, pero no podía evitar pensar que quizás lo haría por mí. Me dí media vuelta y lo miré a los ojos. Sus ojos se encontraron con los mios y por un momento pensé que iba a detenerme, pero no lo hizo. Me dejé caer para atrás, mientras que mis ojos volvían a humedecerse. Caí. Y mientras caía pude ver el edificio en cuyo techo había estado parado segundos antes y pensé: -No quiero morir-.

No morí. Luego de que los cincuenta metros de elástico se estiraron, por simples reglas físicas, volvieron a contraerse y me elevaron unos cuantos metros. Volví a caer y seguí rebotando hasta que él comenzó a tirar de la cuerda elástica, para subirme hasta el techo del edificio. -¿Estás bien?- me preguntó. -Lo estoy- respondí -pero no estoy listo para saltar sin cuerda, nunca lo estaré-. -¿Querés jugar a la Ruleta Rusa conmigo y usar todos los turnos?- Preguntó sonriendo. -No, mucha sangre- dije. -No te preocupes, ya pensaremos en algo- dijo.