Cuentos

El marco vacío

Posted in Cuentos on August 12th, 2010 by admin – Be the first to comment

En el museo, entre cientos de pinturas, un marco vació acaparaba la atención de la gente que pasaba cerca de él. La mayoría sólo lo miraba por un par de segundos intentando encontrar la pintura, antes de seguir caminando. Otros, más persistentes, otorgaban a tal marco una cantidad desconsiderada de tiempo, teniendo en cuenta de que no lograban entender, a fin de cuentas, de qué se trataba.
Pasaron varias semanas y la gente comenzó a perder el interés por el mismo. Ya no intercambiaban sus propias teorías con las de los demás, intentando encontrarle una explicación. La gente directamente había decidido ignorarlo y así, pronto quedó en el olvido.

El artista estaba atónito: -Juro que pensé que aunque sea una persona iba a notarlo, pero parece que los he sobrestimado.
-Pues sí- dije yo con un suspiro -la gente que viene aquí, no tiene ni el más mínimo sentido artístico, es por esa razón que el museo se encuentra lleno de obras espantosas que sólo atraen al público en general, cuando en cambio, deberían exponerse una docena; docena y media de pinturas, no más.
-Pero así sólo los conocedores del arte podríamos disfrutar de la visita- respondió el artista.
-Es la idea- respondí -la gente debería venir a intentar descifrar el significado de las obras de arte que aquí se encuentran o a admirar la habilidad del artista, no a deleitarse con los colores plasmados en un lienzo. Piensa en tu obra, si la gente no hubiera estado observando pinturas todo el día, seguramente alguien habría notado tu firma en el marco y quizás hubiera entendido. No niego que hubiera sido preferible que admirasen el tallado en el mismo, pero para la gente de mente cerrada, un marco es sólo para encuadrar una pintura y no puede estar solo.

Manicomio 2: La mirada

Posted in Cuentos, Manicomio on June 13th, 2010 by admin – 1 Comment

Paciente 1: -Si prometo tomar mis medicamentos ¿Dejarás de mirarme así?
Paciente 2: (le responde desde lejos) -Si tomas tus medicamentos, puedo asegurarte que la pared dejara de mirarte.

Manicomio 1: El juego

Posted in Cuentos, Manicomio on May 18th, 2010 by admin – 2 Comments

Las reglas del juego son simples, uno de los doctores se venda los ojos y nosotros nos ponemos a su alrededor. El doctor con los ojos vendados debe imaginar que nosotros somos monstruos que queremos devorarlo y armado con un pistola imaginaria, debe defenderse. Es necesario que él se vende los ojos para que pueda vernos como monstruos, a nosotros nos alcanza con no tomar nuestras medicinas.

La princesa y los sapos

Posted in Cuentos on May 3rd, 2010 by admin – 4 Comments

La princesa besó al sapo y éste se convirtió en príncipe. -¿Por qué siempre que me enamoro de un sapo resulta ser un príncipe?- se preguntó la princesa y llorando se fue.

Hacia el cielo

Posted in Cuentos on April 4th, 2010 by admin – 4 Comments

Miré el cuerpo inmóvil en el suelo y no pude evitar sonreír. Con cada víctima me sentía un poco más cerca del cielo. Ah, el añorado cielo, tan lejano en un principio…
Me senté en la silla frente al escritorio, en la cual minutos antes se hallaba… Lucas… algo. Su apellido carecía de importancia, incluso su nombre no contribuía en lo más mínimo a mi interés por él. Lo había elegido sólo por su físico, resultaban mucho más útiles los cuerpos grandes, pues algunos contaban por dos, o quizás tres personas. Claro que suponía un esfuerzo mayor el trasladarlos, pero el asesinato y traslado de tres personas delgadas tomaba mucho más tiempo.
Sobre el escritorio estaba la hoja en la cual le había obligado a escribir su despedida. Los suicidios son siempre menos investigados que los asesinatos y por lo tanto, la posibilidad de ser descubierto es menor. Releí el texto para asegurarme de que era convincente, obviamente lo era, al haber sido yo un reconocido escritor, no presentaba ninguna dificultad para mí el narrar los sucesos que antecedían al suicidio de una persona. Sólo era necesario que hablase por unos minutos con ella antes para conseguir algo de información. De la composición del escrito me encargaba yo.

Mi reloj de pulsera marcaba las tres de la mañana, ya era seguro salir. Sujeté el cuerpo del hombre por sus dos anchos tobillos y comencé a arrastrarlo. Lo arrastré hasta fuera de su casa y continué hasta haber cruzado el jardín, lo subí a mi camioneta y comencé el viaje. El galpón donde guardaba provisoriamente los cuerpos estaba a pocos kilómetros de allí, su destino final era el que se encontraba realmente lejos.
Sólo me tomó media hora llegar al galpón y diez minutos subir el resto de los cuerpos. Quería llevarlos lo más pronto posible, no sólo porque el olor que exudaban era cada vez peor, sino porque estaba realmente impaciente por calcular cuántos me faltaban, quizás ese sería mi penúltimo viaje. Ese pensamiento me mantuvo feliz durante todo el trayecto.

Ya eran las cuatro de la tarde cuando llegué al lugar. No había comido, pero tal como las veces anteriores, no tenía hambre, el olor putrefacto de los cadáveres me había quitado el apetito. No había nadie a mi alrededor, respiré tranquilo, siempre cabía la posibilidad de que descubriesen la gran pila de muertos que había dejado allí. Comencé a descender a los nuevos contribuidores y a colocarlos sobre todos los demás. Admiraba la forma en la cual la pila crecía con cada adición. Subí hasta la punta y miré hacia arriba. Había calculado bien, con media docena de cuerpos más, alcanzaría. Igualmente llevaría siete, para estar seguro.

La última sinfonía

Posted in Cuentos on February 28th, 2010 by admin – 3 Comments

Durante años, el artista había logrado maravillar a grandes y chicos con su música. -Es algo que se lleva en las venas- decían quienes alguna vez lo habían escuchado. En sus entrevistas, él nunca hacía alusión al tema y sólo se limitaba a contestar algunas preguntas sobre su vida personal.  Pero los periodistas siempre deseaban saber más y su público constantemente estaba en la espera de una nueva sinfonía. Una vez al mes, el artista satisfacía las necesidades de ambos: para su público creaba una nueva sinfonía y para los periodistas comentaba algo de su vida, lo cual siempre aparecía en un recuadro, al lado de la noticia principal, en la primera plana de todos los diarios.
Pero los años pasaron y cada vez le resultaba más difícil continuar con su rutina. Estaba enfermo y le era más complicado concentrarse, sabía que su carrera estaba llegando a su fin. Pero la música era su vida y pronto no podría disfrutarla. Pensó, por varios días, diversas soluciones para su problema y cuando faltaban sólo dos días para la fecha de la muestra de su nueva creación, había tomado una decisión.

Llegó el día que todos habían esperado, y como era habitual, se agruparon frente a la casa del artista a la espera del mismo. Siempre solía asomarse al balcón, donde se encontraba su piano y sin decir una palabra comenzaba a tocar. Pero pasadas dos horas del tiempo fijado con anterioridad, la gente comenzó a preocuparse, pues el hombre no aparecía. La policía solicitó, entonces, una orden judicial para poder entrar en su casa. No llevó mucho tiempo conseguirla, la desaparición del músico era sumamente importante y no debía esperarse más. Cuando la policía irrumpió en la casa, más de una persona logró colarse, entre ellas, algunos periodistas. Comenzaron a registrar cada habitación y como la casa era pequeña, no se tardó mucho en encontrarlo. Estaba tirado en medio de su habitación, con un cuchillo en su mano derecha y un profundo corte en su muñeca izquierda. La sangre que brotaba de la herida, se impregnaba en el piso de madera dejando una mancha que resultaría difícil de sacar. En la pared más cercana a él, estaban dibujadas cientos de notas, que componían una sinfonía desconocida. Y una carta, prolijamente escrita, la cual nadie había notado en un principio,se encontraba a su lado.

La noticia del suicidio tomó su debido lugar en la primera plana de todos los diarios y gracias a ella, la venta de diarios aumentó considerablemente. Muchos incluso, lo habían comprado como si fuera un artículo de colección, algo invaluable que marcaba el fin de una era en la música. Como cierre de la noticia, la cual abarcaba prácticamente, la mitad del diario, estaba la nota que él había dejado a su lado:
Muchos de ustedes estarán tan indignados como yo, por el modo súbito en el que se ha acabado mi vida. Luego de mucho tiempo de sufrir una dolorosa enfermedad, supe que no podría seguir con mi estilo de vida y tuve que ponerle fin a la misma. Me debo a mi público y también a los periodistas, así que decidí satisfacer a ambos en mi último día: para mi público, dejo ésta nueva sinfonía, la cual jamás he de tocar. Para los periodistas dejo mi muerte, la cual espero ocupe su debido lugar en los diarios y, para los que hacían conjeturas sobre mi talento, muestro mi sangre, para acallar de una vez por todas los mitos que dicen que había música en mis venas.

La coleccionista de los corazones rotos. Parte 5

Posted in Cuentos on February 21st, 2010 by admin – Be the first to comment

Rodrigo se movió rápidamente hacia adelante y al estar a menos de medio metro de Alberto, estiró el brazo y lo colocó en su pecho. Alberto no había llegado a reaccionar a causa del terror que parecía haber tomado control de su cuerpo.
-Es cierto- le dijo Rodrigo en voz baja -tu corazón a sido tomado por Ailea, o por lo menos, eso creo. En estos momentos tu corazón debería estar latiendo muy rápidamente, pero ni siquiera lo siento-. Dio un salto hacia atrás, separándose unos dos metros de Alberto y le dijo: -lamento haber tenido que asustarte, pero debía comprobar la teoría de Julián de que puedes manipular tu ritmo cardíaco a voluntad-. Alberto tardó en tranquilizarse, recién lo logró cuando Rodrigo y él entraron a la confitería frente al teatro a tomar un café. Se sentaron en una mesa alejada de las ocupadas y comenzaron a charlar. Fue él quien comenzó la conversación, había recordado que Rodrigo le había mencionado el nombre de alguien, que según le había dicho, tenía su corazón y deseaba saber más sobre esa persona.
-Ailea- le dijo -lo más probable es que ella tenga tu corazón, puedes intentar recuperarlo, aunque dudo que quiera devolvértelo- hizo silencio mientras esperaba que Alberto le pidiese más información sobre ella.
-¿Y dónde se encuentra?, supongo que debés saberlo- preguntó Alberto.
-Lo sé, o por lo menos, sé dónde estaba. La última vez que la vi fue en una catedral de esta ciudad, cuyo nombre no recuerdo- contestó Rodrigo.
-Que yo sepa sólo hay dos catedrales en ésta ciudad, la búsqueda no debe llevarme mucho tiempo- respondió Alberto contento.
-Te llevará menos tiempo del que creés, pues he pasado ayer por la catedral que se encuentra cerca de la estación de tren y puedo asegurarte que esa no es- le dijo Rodrigo.
El rostro de Alberto pareció iluminarse con la noticia, descartando esa opción, sabía perfectamente a dónde debía ir, agradeció la ayuda de Rodrigo y se despidió.

Ailea dejó el corazón en la mesa, había terminado su trabajo.

Alberto se impacientó por la tardanza del colectivo, más que nada porque sabía que el viaje sería muy largo y no quería perder tiempo esperando en una parada. Se dedicó a mirar los autos que pasaban y se preguntaba cuánto tiempo más debía esperar. Ya habían pasado veinte minutos cuando el colectivo que debía tomar, llegó. Agradecido subió al colectivo y se sentó en uno de los asientos del fondo. Miró por la ventanilla, creyendo que así el tiempo pasaba más rápido, pues las cosas que veía lo distraían del viaje que le resultaba tan aburrido. Pero era imposible, para él, evitar mirar su reloj cada diez segundos, para fijarse cuánto tiempo había pasado. De esa manera, el viaje se hacía mucho más largo que de costumbre.
Quizás, ya cansado de contar autos y ver cómo el minutero tardaba en dar la vuelta, se quedó dormido. Y recién despertó una hora y media después y al abrir los ojos y mirar por la ventanilla, vio que su viaje estaba a punto de terminar, sólo faltaban dos cuadras para llegar a destino. Comenzó a preocuparse, recordó las palabras de Rodrigo y cómo él le había dicho que Ailea, seguramente, rechazaría la idea de devolverle su corazón. Se dio cuenta que debía planificar todo con sumo detalles, pues su objetivo no sería fácil de realizar. El sudor comenzó a correrle por la frente, estaba muy nervioso, pues ese iba a ser el momento decisivo, cualquier error podía significar que jamás pudiese recuperarlo. Pero, pensó él, así había sido desde el principio, en cada etapa de su búsqueda, hubo la posibilidad de que fallase y en todas significaba que su misión se había acabo. Eso lo entusiasmó, había superado tantos obstáculos, que el último, no debía asustarlo.
Su parada era la siguiente, se levantó de su asiento y tocó el timbre. Espero a que el colectivo se detuviese y bajó. Desde allí comenzó a caminar hacia la catedral, la cual estaba a dos cuadras de la parada. Mientras caminaba, imaginaba cómo debía ser la apariencia de Ailea. Según la descripción de Rodrigo, era una mujer de aspecto normal, pero no debía olvidar los cientos de corazones que tenía con ella. Así surgieron dos nuevas dudas: ¿Cómo sabría cuál era su corazón? y en el caso de recuperarlo ¿Debía dejar el resto allí?, se sentía culpable al pensar que en todo el viaje, incluso en su sueño, el había querido recuperar sólo su corazón. Los demás eran de personas como él y era injusto dejarlos allí.
De repente se detuvo frente a la catedral. En el frente había un gran cartel que indicaba que se encontraba en construcción, tal como le había dicho Rodrigo. La puerta principal estaba cerrada, con lo cual debía encontrar otra entrada. Caminó por el costado derecho de la iglesia hasta encontrar una pequeña puerta, cerrada con un candado, el cual, a diferencia del resto de la puerta, estaba en perfectas condiciones. Considerando que el pasador, del mismo material, estaba oxidado, Alberto concluyó en que el candado había reemplazado a uno anterior, el cual Rodrigo quizás había roto para poder entrar meses atrás. Afortunadamente, aunque el nuevo candado podía resistir, seguramente, varios golpes, el pasador, no. Enérgicamente dio una patada al pasador, el cual se rompió sin oponer mucha resistencia.
Alberto ingresó a la catedral y se estremeció al observar las grandes pilas de corazones que cubrían el suelo de la misma. Era una escena horrorosa, a pesar de que todos los corazones parecían haber sido lavados para evitar manchar de sangre el lugar. Caminó hacía la zona más iluminada de la iglesia. Y cuando se iba acercando, horrorizado, vio a una mujer con un corazón en las manos, mirándolo. No podía detenerse, debía reclamar su corazón y esperar que la suerte lo acompañase. Siguió yendo hacia Ailea, hasta que ella comenzó a hablar:
-Supongo que éste te pertenece- dijo mientras extendía los brazos mostrándole el corazón.
-No lo sé- respondió Alberto, arrastrando las palabras por el miedo que sentía en ese momento.
-Yo sí, con sólo ver el corazón, puedo saber a quién le pertenece, tú eres su dueño- dijo Ailea mientras sonreía.
-¡Devuélvemelo!- gritó Alberto y el corazón comenzó a latir rápidamente.
-¿Lo ves?, esto lo prueba, tu corazón ha reaccionado a tus emociones y así ha hecho desde hace que lo tomé- contestó Ailea.
-¡Dámelo!- respondió Alberto interrumpiendo a Ailea, mientras corría hacia ella.
Ailea esperó a que Alberto estuviese a menos de un metro de ella y le alcanzó su corazón:
-Ya he terminado con él, puedes quedártelo, trátalo bien- le dijo con una sonrisa.
-¿Qué has hecho con él? – le preguntó Alberto asustado ante la posible respuesta.
-Lo he reparado, no es un trabajo fácil y las fisuras tardan en cicatrizar. Pero está en perfectas condiciones- respondió.
Alberto miró su corazón el cual le había devuelto y luego a ella. No podía creer lo que escuchaba, jamás se hubiera imaginado tal cosa.
-¿A qué te refieres con reparado?- preguntó.
-Alguien te había roto el corazón, ¿No es cierto?, así que, tal como a los otros, decidí repararlo.-
-Gracias, realmente te lo agradezco- dijo y la abrazó.
-Bueno, bueno, recién te devuelvo el corazón y ya estás sentimental- respondió ella entre risas.
Alberto le agradeció repetidas veces y Ailea continuó recordándole que era su trabajo.
-Por cierto- dijo ella cuando Alberto estaba por partir -No culpes a tu esposa por lo que ha pasado, es lógico considerando que aún no he terminado de arreglar su cerebro- dijo mientras reía -Es broma, mi hermana es la que se dedica a eso, no yo.-

La coleccionista de los corazones rotos. Parte 4

Posted in Cuentos on February 14th, 2010 by admin – 1 Comment

Al finalizar la obra, Alberto se levantó de su butaca y decidido caminó, nuevamente, hacia los camerinos. Rodrigo lo siguió, esta vez, sin pedir su permiso. Alberto golpeó la puerta y fue Lucía García la que lo recibió:
-Hola, ¿Te gustó la obra José?- preguntó con gran carisma.
-Sí y mucho- respondió él -solíamos ver muchas obras de teatro con mi esposa- agregó, siguiendo su plan.
-¿Ya no lo hacen?- preguntó Lucía.
-En realidad, ésta es la primera vez que vengo al teatro, desde que nos separamos- respondió Alberto, intentando generar más preguntas acerca del tema.
-Lo lamento- Respondió Lucía.
-Para mí, es irónico ver El Corazón Delator, en un momento así. Pues creo que el mió lo he perdido- dijo Alberto intentando no mostrar sentimiento alguno.
Todos en la habitación dejaron de hablar y dirigieron sus miradas hacía él. En sus rostros, Alberto pudo visualizar duda y asombro ante su revelación.
-Debés ser un buen escritor- dijo Julián Fernández, rompiendo el silencio -tienes mucha imaginación y por tu forma de decir las cosas, sin exhibir emoción alguna, puedo decir que posees talento.
Alberto había leído bastante sobre Julián, lo suficiente como para saber que sería él, quién rompería el silencio. Todo iba tal como lo había planeado.
-¿No me crees?- dijo, mientras clavaba sus ojos en él -intenta medir el latido de mi corazón-. Julían se acercó y colocó su mano en el pecho de Alberto mientras hacía una mueca, como diciendo: que petición más estúpida. Pero luego de un segundos, al descubrir que era imposible medir el latido, sonrió y le dijo:
-Debo admitir que tu truco me ha impresionado, he oído hablar de personas que tienen la capacidad de disminuir su presión cardíaca a voluntad, pero nunca había conocida a una-.
-Un truco, claro, si de eso se tratara, no estaría aquí hoy- respondió Alberto -No me mal interpreten, el teatro me apasiona, pero estoy aquí por algo más importante-.
-¿Entonces por qué has venido aquí?- preguntó Claudia Pereyra, quién hasta el momento, había permanecido en silencio.
-Ya lo he dicho- respondió Alberto -quiero recuperar mi corazón-.
-Y creés que alguna de las señoritas de aquí lo tiene?- dijo Ernesto Gómez.
-No, pero creo que alguien de aquí puede ayudarme a recuperarlo- contestó Alberto.
-¡Estás loco!- respondió Rodrigo, ante sorpresa de Alberto, quien temió que su plan pudiese fracasar por haber aceptado su compañía -primero dices conocer a Roberto, presentándote con un nombre falso y ahora ésto. No puedo seguir con ésta mentira, yo sólo quería conocer a los actores y por eso acepté tu invitación-. Alberto quedó conmocionado, no sólo Rodrigo había revelado sus mentiras, sino que había dicho que él lo había invitado al camerino. Los actores le pidieron que se retirase y debió obedecer, pero lo que lo hizo enojar más, fue ver cómo Rodrigo se quedaba adentro junto con los actores. Junto con él, se habían ido todas sus esperanzas. Era casi imposible que le permitiesen hablar con ellos.

Matías les dijo a los actores que debía irse, pero que estaría presente en su próxima función. Los actores le agradecieron por su fanatismo y lo invitaron a tomar un café con ellos para el día siguiente. Él aceptó contento y después de saludarlos a todos, salió de la habitación. Alberto estaba aún en el teatro, esperándolo.

-¿Sabés el daño que acabás de ocasionarme?- le preguntó Alberto, muy enojado.
-Yo sé dónde está tu corazón- dijo el hombre sonriendo maliciosamente -Lo tiene Ailea, la coleccionista de corazones rotos-. Alberto escuchaba cada una de sus palabras, pero no llegaba a considerar posible lo que le estaba diciendo.
-¿Qué estás diciendo?- preguntó Alberto asustado por el modo de expresarse de Rodrigo, muy diferente al anterior.
-Supongo por lo que dijiste, que me has estado buscando, ¿Verdad?- contestó -Puedo ayudarte, pero el precio de los corazones es muy alto, aunque creo que con un alma bastará. No tiene que ser la tuya, pero es más fácil otorgar la propia que una ajena-. Al escuchar sus palabras, Alberto palideció de terror y respirar comenzó a resultarle dificultoso.

Su corazón, en ese momento, en manos de Ailea, comenzó a palpitar rápidamente.

La coleccionista de los corazones rotos. Parte 3

Posted in Cuentos on February 7th, 2010 by admin – Be the first to comment

Alberto había planificado por varias horas la manera por la cual convencería al hombre de que lo ayudase, cuando hubo terminado, asegurándose que el hombre no pudiera negarse, se fue a acostar. Para su sorpresa, se durmió instantáneamente, había pensado que pasaría horas despierto por la excitación de estar tan cerca de la respuesta, pero no fue así.

Matías había llegado a la ciudad unas pocas horas antes de que llegasen los actores, de esa manera, tenía tiempo de sobra para buscar un lugar en dónde dormir. Él recordaba haber estado en esa ciudad con anterioridad, mucho antes de que comenzasen las obras de teatro de Edgar Allan Poe, pero no podía recordar cuándo. Caminó por las calles buscando algún hotel en el cual hospedarse y mientras caminaba pasó frente a la vieja catedral, la cual estaba abandonada desde hace muchos años, se detuvo a observarla, pues había algo familiar en ella. Al fin se dio cuenta, no era la misma, pero esa catedral le recordaba mucho a la habitada por Ailea. El recuerdo de la vez que la había visto había permanecido escondido en una parte de él, como queriendo ser olvidado. Siguió caminando, intentando volver a olvidarse de ella, de la catedral y de los cientos de corazones que guardaba allí.

A la mañana siguiente, Alberto se levantó muy temprano. Inconscientemente, sabía que tenía mucho para hacer y no podía seguir durmiendo. El desayuno no le llevo mucho tiempo, tenía cosas mas importantes que hacer, que comer tostadas y tomar café. La función comenzaría a las tres de la tarde, pero quería asegurarse de llegar antes para conocer al elenco. Quizás podría convencer al hombre de que tomase un café con él, mientras lo ayudaba con su problema. Sabía perfectamente que albergar sus esperanzas, en sólo una persona, no era lo más astuto, pero estaba desesperado. Si el hombre no tenía una solución, lo más probable era que abandonara todo intento de resolver su dilema.  Luego del desayuno, decidió pasar el tiempo buscando más información sobre los actores: sus nombres, su lugar de nacimiento y cualquier indicio que pudiese indicar cuál de ellos era quién estaba buscando. En total eran cinco los integrantes de la obra: Lucía García, Ernesto Gómez, Julián Fernández, Claudia Pereyra y Roberto Palos. De intentar adivinar quién era el hombre, tendría un treinta y tres por ciento de posibilidades de acertar, algo que era totalmente inaceptable. Por suerte su plan lograba aumentar el porcentaje de probabilidad de éxito, al cien por ciento.

Ailea comenzó a impacientarse, quería tener preparado todo para la visita del dueño de aquel corazón.

Matías llegó al teatro aproximadamente media hora antes del comienzo de la función, se desanimó al ver que tan sólo había un hombre en el lugar, ¿Cómo podía ser que la gente no apreciase el valor de la obra?  Normalmente hubiera llegado con una anticipación de más de una hora, pero el hotel en el cual había conseguido hospedarse estaba muy lejos del teatro y el colectivo había tardado mucho en llegar. Caminó entre las butacas para llegar a la primera fila, normalmente se sentaba justo en el medio de la misma, pero el lugar estaba ocupado por el hombre que había llegado antes que él. Se sentó a su lado y se presentó. No era algo que acostumbraba hacer, pero estaba intrigado por quien le había sacado su lugar. Charlaron un buen rato hasta que Alberto, así era el nombre de la persona que estaba sentada en su lugar, le dijo que intentaría hablar con los actores, al levantarse agregó: -Puedes tomar mi lugar si lo deseas, el del medio siempre es el mejor- dijo y sonrió.

Alberto caminó hacía los camerinos mientras repasaba su plan: debía convencer a algunos de los actores que era conocido suyo y mostrarse enojado cuando no lo reconociese. No era un plan muy complicado, pero seguramente funcionaría, más aún cuando diese datos precisos de su último encuentro. Había averiguado lo suficiente sobre ellos como para poder inventar un encuentro imaginario. Cuando iba a golpear la puerta, una mano agarró su brazo. Era Rodrigo, nombre con el cual se había presentado Matías, quién lo había detenido. -¿Puedo entrar con vos?- preguntó -He asistido a cada una de sus obras, pero jamás he hablado con alguno de ellos. Alberto determinó que su compañía no podía afectar su plan y, por lo tanto, aceptó. Golpeó la puerta y cuando abrió uno de los actores, a quién reconoció por una foto que había visto en Internet,  lo saludó como si lo conociese de toda la vida. Roberto Palos, era quién había abierto la puerta, se asombró al ver a Alberto que sin siquiera presentarse le daba la mano y le sonreía, mientras presentaba a Rodrigo, un amigo de él, fanático de sus obras. Roberto debió ser sincero y decir que no lo recordaba, Alberto pareció enojarse pero igual le dijo: -Soy José Luis, ¿No me recordás?, ambos fuimos al secundario juntos- Alberto miró a Rodrigo como diciéndole que se quedase callado, al notar que éste lo miraba raro al escuchar el nombre con el cual se había presentado. No quería que arruinase su actuación, había tenido mucha suerte al darse cuenta que había servido el saber que Roberto tenía problemas de memoria.

Fue una lástima que la función tuviese que comenzar, pues Alberto creía que si seguían charlando, pronto descubriría quién estaba asociado con la sigla E.A.P.

Unos minutos antes de que comenzase la escena, Matías halagó a Alberto por su gran actuación dentro del camerino. Había pensado que debía conocer a alguno de los actores y al descubrir que en realidad se basaba en un engaño, sentía que debía felicitarlo, pues él jamás podría haber hecho eso y estaba feliz de haber podido hablar con quienes daban vida a las obras de su escritor favorito.

La coleccionista de los corazones rotos. Parte 2

Posted in Cuentos on January 31st, 2010 by admin – Be the first to comment

Alberto intentó por semanas descifrar la lógica que el hombre empleaba para decidir en que ciudad aparecer luego, fue muy decepcionante para él tener que darse por vencido. Había empleado tanto tiempo en esa tarea, que había abandonado la búsqueda del hombre. Incluso cuando, el mismo, podría haber visitado la ciudad en la que él se encontraba, pero al estar ocupado, no se había enterado.
Retomó su búsqueda, comenzando por los diarios locales, pero en ellos no encontró mención alguna hacia un hombre que proclamase tener habilidades especiales. Pasó del papel a la computadora, era mucho más fácil conseguir información a través de ese medio. A medida que iba encontrando testimonios más recientes, marcaba en el mapa el lugar dónde se lo había visto. Aunque, probablemente, no volviese a ver el mapa deseando encontrar un patrón, estaba decidido a anotar toda información que obtuviese sobre él.
Su búsqueda se basaba en datos sobre un hombre que había oído mencionar, cuyo nombre ni siquiera conocía; y cuando se dio cuenta de ello, se sintió sumamente decepcionado. Comenzó a recordar el comienzo de su investigación, desde el principio, se había basado en datos cuya veracidad era incierta, quizás el hombre era tan sólo un mito urbano y él había estado buscándolo cómo si las palabras que había oído por ahí, no pudiesen ser falsas. Se sintió terrible consigo mismo, se consideró un idiota al darse cuenta que todo lo que había hecho era, posiblemente, inútil. Abandonó lo que estaba haciendo, se fue a recostar en la cama, cerró los ojos y se durmió.

Siguiendo su patrón, Matías decidió cual sería su próximo destino. La ciudad a la que iría estaba ,cómodamente, cerca de donde él se encontraba. Ansioso, preparó su bolso, el cual llevaba a todos lados y sonrió al pensar las reliquias que podía llegar a encontrar en ese lugar. Claro, que ese no era su objetivo principal, pero siempre aprovechaba cualquier oportunidad para añadir un artículo a su conjunto de tesoros. Toda su colección se encontraba dentro de su bolso, pero sabía que si seguía juntando objetos de tanto valor, como los que ya había encontrado, no le sería posible continuar con su vida nómada. Eso lo entristecía en cierto grado, pero sabía que si la causa no era esa, lo sería la finalización de la gira teatral.

Alberto despertó sin haber recobrado las esperanzas, estaba desanimado y muy cansado, a pesar de haber dormido varias horas. Casi en contra de su voluntad, se levantó de la cama y caminó hasta la silla, frente al escritorio donde estaba su computadora. Se sentó y se quedó mirando el monitor por bastante tiempo, mientras pensaba que quizás debía continuar con lo que había estado haciendo. Pero estaba de muy mal humor como para seguir con ello y también muy triste. Fue entonces cuando se dio cuenta: lentamente estaba perdiendo cada una de sus emociones y sólo quedaba la agonía y el sufrimiento. Agitó la cabeza como queriendo borrar el pensamiento de su cabeza, pero no pudo lograrlo, él sabía que era cierto y no había nada que pudiera hacer. Excepto recuperar su corazón. Y jamás podría hacerlo si no encontraba al hombre. Decidido, comenzó a buscar, nuevamente, indicios del paradero de la única persona que podía ayudarlo y poco a poco, sus esperanzas comenzaron a retornar.

Cuando los latidos del corazón que Ailea sostenía en la mano, recuperaron su fuerza rápidamente, ella se sorprendió. Había creído que su dueño pronto moriría.

Alberto siguió con su búsqueda por horas, leyendo y anotando cualquier dato que pudiese ser de ayuda. Al final del día, tenía escritas una gran cantidad de hojas, llenas de información que el consideraba útil. El problema es que aún debía descifrar parte de la misma, había intentado comprender algunas de las cosas que había notado en ellas. Lo que más le llamaba la atención era una sigla que según sabía, estaba relacionada con el hombre que estaba buscando. E.A.P, pensó, ¿Qué significaría?. Por la cantidad de letras, podían ser iniciales de un nombre, quizás de quién estaba buscando, pero, ¿Cómo descifrarlas? Las combinaciones eran casi infinitas y no había motivo para descartar ninguna posibilidad, sin embargo, había algo que era familiar en esas letras, estaba seguro de que las había visto en alguna parte. Sabía que no las había visto en su computadora, sino en algo de papel. ¿En un diario o revista? Quizás, pero supuso que algo como ello le habría llamado la atención y lo hubiese anotado. Debía ser algo que había leído antes de su investigación, ¿Pero, entonces, podía estar relacionado? Fue hacia su biblioteca, donde solía pasar la mayor parte de su tiempo, mientras aún vivía con Celeste. ¿Habría sido acaso de ello que lo había dejado?, ¿Pasaba demasiado tiempo entre libros y la había ignorado?, tuvo que dejar de pensar en ello, no porque fuese triste, sino para continuar con la búsqueda. Miró los libros que estaban en los estantes de la biblioteca, creía que mirando los lomos de los libros, el recuerdo podía volver a él. Se detenía un par de segundos para observar cada libro, luego enfocaba su vista en otro. Finalmente se detuvo frente a uno de los libros, en cuyo lomo se veía escrito: “El corazón delator” y “El cuervo”, de Edgar Allan Poe. ¡Eso era!, las iniciales le correspondían. ¿Podía ser que hubiese alguna conexión? Recordó que desde hace dos semanas, un grupo de teatro ambulante había ido ciudad por ciudad, dentro del país, protagonizando las diferentes historias de Edgar Allan Poe. Era posible que el hombre estuviese entre los actores, sólo faltaba corroborarlo.

Fue hacía su computadora y buscó los datos del recorrido que estaban realizando, al encontrarlos, comenzó a leer las fechas de sus actuaciones y las ciudades que habían recorrido, mientras se fijaba en su mapa si coincidían con sus anotaciones. Exceptuando una sólo fecha, todas coincidían, podía ser que una de las fecha que el había notado eran falsas, o que el hombre no había podido estar en la función, pero eso no logró aplacar la felicidad que sintió Alberto cuando pensó que quizás su búsqueda había terminado, sólo debía estar en la ciudad en donde se realizaría la siguiente función, el día de mañana. A su placer, esa ciudad, era la propia.

Ailea notó que el corazón que había recuperado los latidos regulares unas horas antes, ahora latía con gran intensidad.  Extraño, pensó, quizás debería ocuparme de ti primero, ¿Quién sabe?, tal vez tu dueño venga a buscarte. Sonrió, eso nunca había ocurrido.