Juego de naipes

Una sala oscura iluminada tan sólo por la luz de una lámpara y el resplandor de luna que entra por la ventana. En ella, una mujer se encuentra acurrucada en posición fetal en un sillón pequeño. Lleva un vestido negro, está descalza y sus zapatos están en el suelo frente al sillón. La mujer junta sus dos manos y comienza a murmurar. El ruido de la lluvia de afuera tapa sus palabras. Su rostro pálido, con el maquillaje corrido, se ve sumamente frágil; como si el más mínimo soplo de un viento pudiera curtir su piel.
Un súbito golpe a la puerta la hace sobresaltar;  lentamente se levanta del sillón y se dirige a la puerta. Antes de poder llegar hacia ésta, la misma se abre. Del otro lado un extraño encapuchado sostiene la manija. El extraño, cubierto con telas negras y cuyo rostro se oculta en la capucha, entra a la habitación y sus pasos resuenan por todo el ambiente, el suelo parece crujir bajo sus pies. Al pasar al lado de la mujer, la diferencia de altura entre ambos se hace evidente. El extraño fácilmente supera los dos metros de altura. La mujer, incapaz de pronunciar una palabra, lo observa mientras él se mueve hacia la ventana y con un gesto de su mano cierra las cortinas, no sólo bloqueando completamente la luz, sino también silenciando el ruido de la lluvia. El extraño da un par de pasos más, hacia la lámpara y con otro gesto la apaga. La habitación queda perdida en la sombras.
La mujer suelta un grito de terror y comienza a respirar agitadamente. De repente el ambiente se ilumina. Pero ella ya no se encuentra en su sala. La forma de esta nueva habitación es idéntica a la suya pero no tiene ni ventanas ni puertas. Su sillón no está allí; sus zapatos y la lámpara, tampoco. En su lugar hay una gran mesa y sobre ella una urna. La mujer la ve y su rostro palidece aún más. A cada lado de la mesa hay una silla. En el lado opuesto a ella está sentado el extraño, quien con un gesto de la mano la invita a sentar en la silla vacía. La mujer mira a la figura encapuchada y se dirige a la mesa. Se sienta y observa como su visitante saca de sus ropas una pequeña caja de madera negra. El extraño abre la tapa y saca de ella un mazo de naipes. Mezcla rápidamente las cartas y reparte tres a la mujer, tres a sí mismo; y deja el resto a un costado en la mesa. El encapuchado pone la primera carta, un doce de copas. La mujer coloca un tres de bastos y luego un tres de oro. El visitante coloca un siete de espadas seguido por un as de bastos. La mujer baja la mirada y con una mano temblorosa pone sobre la mesa un as de espadas. El extraño, notablemente enojado, golpea la mesa con ambos puños y la casa entera parece vibrar. Se levanta, pasa su brazo izquierdo por arriba de la mesa y las cartas desaparecen. Empuja suavemente la urna hacia la mujer y comienza a caminar hacia la puerta, sus pasos resonando aún más fuerte que antes. Abre la puerta y se va. La mujer toma la urna con sus manos, la abraza y llora.

Cuento abstracto 2: La nota musical

El pianista comienza su espectáculo y apenas toca la primera nota la misma comienza a moverse; y allí va trotando por el pentagrama, esquivando redondas, blancas, negras, corcheas y semicorcheas, fusas y semifusas; saltando por arriba a las notas de Mi, Fa y Sol; y agachándose para evitar golpearse contra La, Si y Do. Quiere que la melodía sea perfecta y para ello quiere asegurarse de ser la primera y última nota en ser tocada. Continúa moviéndose a toda velocidad, el camino se vuelve más complejo pero logra subir hasta lo más alto del pentagrama (trepando por una de las pausas más cortas) y continuar su recorrido, ahora con muchísima menos dificultad. Después de varios minutos logra llegar al final, justo al mismo tiempo que el pianista, y la melodía se termina de la forma más maravillosa, los aplausos del público llenan la sala y la nota se siente sumamente satisfecha con su labor. Mira hacia atrás y al ver la gran distancia que debe recorrer para volver a la posición inicial decide que está muy cansada para hacerlo y aunque en las próximas funciones la música no empiece tan bien, por lo menos ella se asegurará de que termine perfectamente.

Cuento abstracto 1: La sorpresa

Nuevamente vuelvo a publicar en el sitio y lo hago para estrenar una nueva categoría de cuentos: los abstractos. Hace más o menos una semana, en una de esas noches de insomnio que tengo, escribí mentalmente dos cuentos que considero “abstractos” por el hecho de no seguir las reglas de la lógica (aunque eso es bastante común en algunos de mis cuentos) y también porque las historias no son fáciles de explicar a un tercero… pero principalmente porque me gusta como suena lo de “cuento abstracto”. A continuación podrán leer el primero de esos dos cuentos y la próxima semana podrán leer el otro; de todas maneras pienso hacer algunos otros más pero eso es tema para otro día.

Una sorpresa de diversos colores, distintos sabores y diferentes olores descansa en una botella. De la botella pasa a un frasco, del frasco a un taper y del taper a una caja. Luego de un par de semanas la caja comienza a ser envuelta en papel de regalo, el mismo es muy colorido pero no tanto como la sorpresa misma, huele a papel, y solamente a papel, a diferencia de la sorpresa; y su sabor es plano y nada interesante. Los padres toman el regalo y se lo entregan a la hija, la cual les responde con una bella sonrisa. Cuidadosamente desata el moño, lentamente saca el envoltorio y toma la caja con sus dos manos, la abre, mira en su interior y el rostro se le ilumina, mete la cabeza dentro de la misma y aspira profundamente: todos los colores, sabores y olores ahora forman parte de la niña: su aliento huele a menta y su cabello a frutilla; sus ojos cambian de color según el clima y su piel tiene varios sabores; y por lo tanto la niña ahora pasa horas lamiéndose como si fuera un gato.

El Papá Noel

Recuerdo que en una de mis primeras navidades mi abuela nos compró a mi hermano y a mí un muñeco de Papá Noel de esos que llevan pilas, con música y que se mueven produciendo sonidos mecánicos porque el motor no queda silenciado. Pero su característica principal era su horripilante aspecto porque en vez de parecerse al personaje infantil lucía como un bebé gordo, vestido con una ropa dos talles menor y presentando una barba descuidada; era realmente un personaje que causaba más rechazo que cariño. Pero mi abuela lo adoraba, estaba muy orgullosa de haber encontrado un muñeco “tan novedoso” -Miren como camina- dijo al mostrárnoslo, sonriendo alegremente y nosotros lo observamos sin poder entender qué era lo que ella hallaba tan emocionante en un Papá Noel que se movía con torpeza y que parecía que en cualquier momento caería al suelo.
Al terminar la navidad lo guardamos en la caja de los adornos del arbolito con la idea de olvidarlo para siempre. Año tras año lo volvimos a ver pero ninguno de nosotros quiso sacarlo para que “adornara” la casa. El Diciembre pasado noté que a pesar de que el muñeco seguía viéndose igual, su ropa estaba completamente arrugada, seguramente porque dentro de su caja no tenía mucho lugar para moverse pero decidí no decir nada.

El abrazo

Sin previo aviso un hombre se le acercó y la abrazó. Él la tuvo entre sus brazos por cuestión de unos pocos segundos pero eso no evitó que ella se sintiera incómoda. Pasado un tiempo el extraño la soltó, le dedicó una leve sonrisa y siguió caminando. Ella salió del cementerio con una sóla duda en su mente: ¿Por qué el rostro de ese hombre le resultaba tan familiar?

Planta ermitaña.

Revivo el blog pero sin tener ningún cuento nuevo que compartir, en cambio, presento un modelo que hice hace un tiempo. Es sencillo y tiene muy pocos polígonos (casi parece de un juego viejo) pero me gustó mucho hacerlo, así que lo comparto.

Por cierto, pronto voy a empezar a actualizar el sitio más seguido, incluso voy a tener que agregar un par de categorías porque también voy a comenzar a mostrar algunos dibujos.

La espera

No se si realmente se le puede llamar despertar pero ninguna otra palabra me viene a la mente para describir aquella sensación.
Dentro del cajón la oscuridad es absoluta. Intento moverme, y ante mi asombro logro hacerlo con facilidad, aunque mi movimiento se ve restringido por las dimensiones del ataúd. Con mis uñas, las cuales han crecido notablemente desde mi muerte, comienzo a arañar la tapa del cajón intentando liberarme y como si las sorpresas no fueran a acabarse nunca, la madera cede y comienza a resquebrajarse, finalmente se parte en dos y la tierra comienza a llenar el féretro; la presión complica mi escape y por primera vez agradezco el no tener pulmones que puedan ser aplastados por el peso. Me toma unos cuantos minutos llegar a la superficie luego de estar escavando con dificultad, la tierra húmeda se mueve con mayor facilidad pero es más pesada. Me recibe el resplandor de la Luna, el cual representa un cambio agradable para mí, no tengo idea de cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que pude apreciarlo pero parece muy lejano.
Comienzo a recorrer el cementerio, aunque sin un rumbo fijo. Una cierta sensación de responsabilidad me obliga a permanecer allí, la idea de que alguien pueda verme me resulta un tanto cómica pero al mismo tiempo sé que causaría una gran perturbación.

Pasaron varias horas, el cielo comienza a aclararse y pronto llegará el amanecer; con cierta tristeza decido volver a mi tumba. Camino con lentitud intentando aprovechar al máximo estos pocos minutos que me quedan, quiero que cada detalle del lugar quede en mi mente en caso de que no pueda volver a salir luego de que la tierra se seque. No tengo ganas de volver a la oscuridad, temo tanto la posibilidad de volver a dormirme como el tener que soportar el estar solo bajo la tierra sin nada más que recordar mi vida. Sigo caminando sin estar del todo seguro de lo que haré.

Finalmente vuelvo a ver la única parte de todo el cementerio en donde la tierra está levantada y reconozco mi lugar de descanso. Pero hay algo más que resalta a simple vista, allí hay dos lápidas. Me acerco rápidamente y leo la propia la cual está justo a la altura del agujero en donde están los restos de mi cajón: -Aquí descansa mi querido esposo- dice la inscripción, seguida de mi nombre y las fechas de mi nacimiento y muerte. Giró la cabeza y comienzo a leer lo que está escrito en la segunda, la cual está a menos de un metro de distancia de la mía… Siento como si mi corazón dejara súbitamente de latir, aunque desde hace ya mucho tiempo no lo hace. Miro hacia el suelo, hacia la tumba aún cerrada mientras intento entender el significado de lo que acabo de ver; de cierto modo es algo simple, mi esposa está muerta y parece que su vida terminó poco tiempo después de la mía pero por otra parte siento una extraña mezcla de pena y felicidad. Mis manos comienzan a temblar, sé lo que están pensando, entiendo qué es lo que quiero hacer pero no lo hago. Aún confundido opto por volver a mi cajón, o mejor dicho, las partes que aún quedan de él. Rápidamente logro cubrirme con la tierra a pesar de que no es una tarea fácil la de enterrarse uno mismo.

Nuevamente me encuentro en la oscuridad, con mi mente llena de pensamientos y me quedo allí, atento a cualquier sonido que pueda provenir del cajón que está a menos de un metro de distancia.

Una colección de cuentos y objetos 3D propios.