Rodrigo se movió rápidamente hacia adelante y al estar a menos de medio metro de Alberto, estiró el brazo y lo colocó en su pecho. Alberto no había llegado a reaccionar a causa del terror que parecía haber tomado control de su cuerpo.
-Es cierto- le dijo Rodrigo en voz baja -tu corazón a sido tomado por Ailea, o por lo menos, eso creo. En estos momentos tu corazón debería estar latiendo muy rápidamente, pero ni siquiera lo siento-. Dio un salto hacia atrás, separándose unos dos metros de Alberto y le dijo: -lamento haber tenido que asustarte, pero debía comprobar la teoría de Julián de que puedes manipular tu ritmo cardíaco a voluntad-. Alberto tardó en tranquilizarse, recién lo logró cuando Rodrigo y él entraron a la confitería frente al teatro a tomar un café. Se sentaron en una mesa alejada de las ocupadas y comenzaron a charlar. Fue él quien comenzó la conversación, había recordado que Rodrigo le había mencionado el nombre de alguien, que según le había dicho, tenía su corazón y deseaba saber más sobre esa persona.
-Ailea- le dijo -lo más probable es que ella tenga tu corazón, puedes intentar recuperarlo, aunque dudo que quiera devolvértelo- hizo silencio mientras esperaba que Alberto le pidiese más información sobre ella.
-¿Y dónde se encuentra?, supongo que debés saberlo- preguntó Alberto.
-Lo sé, o por lo menos, sé dónde estaba. La última vez que la vi fue en una catedral de esta ciudad, cuyo nombre no recuerdo- contestó Rodrigo.
-Que yo sepa sólo hay dos catedrales en ésta ciudad, la búsqueda no debe llevarme mucho tiempo- respondió Alberto contento.
-Te llevará menos tiempo del que creés, pues he pasado ayer por la catedral que se encuentra cerca de la estación de tren y puedo asegurarte que esa no es- le dijo Rodrigo.
El rostro de Alberto pareció iluminarse con la noticia, descartando esa opción, sabía perfectamente a dónde debía ir, agradeció la ayuda de Rodrigo y se despidió.
Ailea dejó el corazón en la mesa, había terminado su trabajo.
Alberto se impacientó por la tardanza del colectivo, más que nada porque sabía que el viaje sería muy largo y no quería perder tiempo esperando en una parada. Se dedicó a mirar los autos que pasaban y se preguntaba cuánto tiempo más debía esperar. Ya habían pasado veinte minutos cuando el colectivo que debía tomar, llegó. Agradecido subió al colectivo y se sentó en uno de los asientos del fondo. Miró por la ventanilla, creyendo que así el tiempo pasaba más rápido, pues las cosas que veía lo distraían del viaje que le resultaba tan aburrido. Pero era imposible, para él, evitar mirar su reloj cada diez segundos, para fijarse cuánto tiempo había pasado. De esa manera, el viaje se hacía mucho más largo que de costumbre.
Quizás, ya cansado de contar autos y ver cómo el minutero tardaba en dar la vuelta, se quedó dormido. Y recién despertó una hora y media después y al abrir los ojos y mirar por la ventanilla, vio que su viaje estaba a punto de terminar, sólo faltaban dos cuadras para llegar a destino. Comenzó a preocuparse, recordó las palabras de Rodrigo y cómo él le había dicho que Ailea, seguramente, rechazaría la idea de devolverle su corazón. Se dio cuenta que debía planificar todo con sumo detalles, pues su objetivo no sería fácil de realizar. El sudor comenzó a correrle por la frente, estaba muy nervioso, pues ese iba a ser el momento decisivo, cualquier error podía significar que jamás pudiese recuperarlo. Pero, pensó él, así había sido desde el principio, en cada etapa de su búsqueda, hubo la posibilidad de que fallase y en todas significaba que su misión se había acabo. Eso lo entusiasmó, había superado tantos obstáculos, que el último, no debía asustarlo.
Su parada era la siguiente, se levantó de su asiento y tocó el timbre. Espero a que el colectivo se detuviese y bajó. Desde allí comenzó a caminar hacia la catedral, la cual estaba a dos cuadras de la parada. Mientras caminaba, imaginaba cómo debía ser la apariencia de Ailea. Según la descripción de Rodrigo, era una mujer de aspecto normal, pero no debía olvidar los cientos de corazones que tenía con ella. Así surgieron dos nuevas dudas: ¿Cómo sabría cuál era su corazón? y en el caso de recuperarlo ¿Debía dejar el resto allí?, se sentía culpable al pensar que en todo el viaje, incluso en su sueño, el había querido recuperar sólo su corazón. Los demás eran de personas como él y era injusto dejarlos allí.
De repente se detuvo frente a la catedral. En el frente había un gran cartel que indicaba que se encontraba en construcción, tal como le había dicho Rodrigo. La puerta principal estaba cerrada, con lo cual debía encontrar otra entrada. Caminó por el costado derecho de la iglesia hasta encontrar una pequeña puerta, cerrada con un candado, el cual, a diferencia del resto de la puerta, estaba en perfectas condiciones. Considerando que el pasador, del mismo material, estaba oxidado, Alberto concluyó en que el candado había reemplazado a uno anterior, el cual Rodrigo quizás había roto para poder entrar meses atrás. Afortunadamente, aunque el nuevo candado podía resistir, seguramente, varios golpes, el pasador, no. Enérgicamente dio una patada al pasador, el cual se rompió sin oponer mucha resistencia.
Alberto ingresó a la catedral y se estremeció al observar las grandes pilas de corazones que cubrían el suelo de la misma. Era una escena horrorosa, a pesar de que todos los corazones parecían haber sido lavados para evitar manchar de sangre el lugar. Caminó hacía la zona más iluminada de la iglesia. Y cuando se iba acercando, horrorizado, vio a una mujer con un corazón en las manos, mirándolo. No podía detenerse, debía reclamar su corazón y esperar que la suerte lo acompañase. Siguió yendo hacia Ailea, hasta que ella comenzó a hablar:
-Supongo que éste te pertenece- dijo mientras extendía los brazos mostrándole el corazón.
-No lo sé- respondió Alberto, arrastrando las palabras por el miedo que sentía en ese momento.
-Yo sí, con sólo ver el corazón, puedo saber a quién le pertenece, tú eres su dueño- dijo Ailea mientras sonreía.
-¡Devuélvemelo!- gritó Alberto y el corazón comenzó a latir rápidamente.
-¿Lo ves?, esto lo prueba, tu corazón ha reaccionado a tus emociones y así ha hecho desde hace que lo tomé- contestó Ailea.
-¡Dámelo!- respondió Alberto interrumpiendo a Ailea, mientras corría hacia ella.
Ailea esperó a que Alberto estuviese a menos de un metro de ella y le alcanzó su corazón:
-Ya he terminado con él, puedes quedártelo, trátalo bien- le dijo con una sonrisa.
-¿Qué has hecho con él? – le preguntó Alberto asustado ante la posible respuesta.
-Lo he reparado, no es un trabajo fácil y las fisuras tardan en cicatrizar. Pero está en perfectas condiciones- respondió.
Alberto miró su corazón el cual le había devuelto y luego a ella. No podía creer lo que escuchaba, jamás se hubiera imaginado tal cosa.
-¿A qué te refieres con reparado?- preguntó.
-Alguien te había roto el corazón, ¿No es cierto?, así que, tal como a los otros, decidí repararlo.-
-Gracias, realmente te lo agradezco- dijo y la abrazó.
-Bueno, bueno, recién te devuelvo el corazón y ya estás sentimental- respondió ella entre risas.
Alberto le agradeció repetidas veces y Ailea continuó recordándole que era su trabajo.
-Por cierto- dijo ella cuando Alberto estaba por partir -No culpes a tu esposa por lo que ha pasado, es lógico considerando que aún no he terminado de arreglar su cerebro- dijo mientras reía -Es broma, mi hermana es la que se dedica a eso, no yo.-